El fantasma de los estancos

La historia demuestra que prohibir un mercado no siempre elimina su consumo: puede convertirlo en un negocio de violencia.

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En los años 60, en los caminos de herradura que unían Baños con Riobamba, se libraba una guerra que nadie recuerda. Balaceras y muertos eran cosas de todos los días en una sociedad que no tenía medios de comunicación libres. Época de alambiques ocultos en los bosques, recuas de mulas cargadas de bidones que circulaban por trochas escondidas en la neblina y hombres armados con licencia para matar a la primera sospecha. Se llamaban guardas de estancos, y eran la mano derecha de un Estado que había decidido que el aguardiente era ilegal.

Mi abuelo materno fue jefe de estancos en Chimborazo, representaba la ley y el acoso. Mi tío abuelo paterno fue el contrabandista más famoso de la zona, representaba la ilegalidad y la evasión. El primero perseguía; el segundo, huía. Ambos existían porque el Estado Ecuatoriano había convertido la caña de azúcar en un delito.

La ceremonia con invitados armados

La boda de mis padres, reunió en una misma iglesia a esos dos mundos que se odiaban a muerte por decreto presidencial. De un lado, los guardas de trajes oscuros y revólveres de cañón largo bajo las chaquetas. Del otro, los contrabandistas, sombreros de paño y el mismo acero en las cinturas. Todos armados listos para disparar.

Sin embargo, esa noche no hubo un solo muerto y paradójicamente, se bebió licor de contrabando, nombre irónico que se le dio al aguardiente fabricado en Baños de Agua Santa y que se trasladaba en mulas hasta Riobamba, para desde ahí, viajar al resto del Ecuador. No era trago traído de otros países, para que justifique el adjetivo de “contrabando”, un calificativo que hasta hoy lo usamos.

El amor de mis padres fue más fuerte que la guerra estatal que los rodeaba. O quizás, en la fiesta posterior, después de dos brindis, entendieron que aquella tregua era más valiosa que cualquier ley que proscribía la libación social.

La legalización enterró a los estancos

El día que el licor se legalizó, los guardas de estancos desaparecieron. Los delincuentes contrabandistas también. Ya no había negocio que justificara una bala. El aguardiente antes clandestino comenzó a venderse libremente en tiendas y supermercados. El Estado dejó de gastar millones en balas y en sueldos de una fuerza bruta que disparaba primero y preguntaba después; y empezó a recaudar dinero a través de los impuestos. La violencia se extinguió, no por el heroísmo de los cuerpos represivos, sino porque el mercado perdió su incentivo ilegal.  Esa lección, ha sido borrada de nuestra memoria colectiva.

El mismo fantasma en polvo

La historia olvidada vuelve a repetirse. Hoy, en lugar de alambiques, hay laboratorios que procesan la hoja de coca en rincones selváticos de nuestro país. En lugar de mulas, hay contenedores en los puertos de la Costa. En vez de guardas de estancos, tenemos cuerpos de élites nacionales e internacionales gastando millones de dólares en capturar toneladas de cocaína que, todas las semanas, salen de nuestras costas hacia Estados Unidos y Europa.

La factura la pagamos todos los ciudadanos, inocentes y culpables. La costeamos con sangre, muerte, fosas comunes, jóvenes reclutados por 200 dólares para ser sicarios. Con policías caídos en operativos infinitos, en familias atrapadas en cruces de balas, en puertos tomados por el crimen organizado, en un país convertido en el puente de embarque de la cocaína del mundo.

La normalización del horror

Pero la peor factura es la normalización de la violencia. Ya no nos sorprenden los cadáveres colgando de los puentes, ni nos asombra que los jueces liberen a los asesinos. Nos hemos acostumbrado al horror como antes nos acostumbramos a los guardas de estancos. El miedo ya no es noticia, es un paisaje lleno de reporteros que gritan en vez de comunicar.

Pero hay un espejo que nos mira desde el pasado y nos susurra una verdad incómoda: la solución está a la vista.

El consumidor que incomoda

El día que consumir cocaína deje de ser un delito, el crimen organizado perderá su razón de ser. Así como los contrabandistas de aguardiente desaparecieron, los narcotraficantes dejarán de ganar márgenes brutales de utilidad y no podrán financiar sus ejércitos de sicarios. La guerra que hoy nos desangra se extinguirá, no por la fuerza de las balas, sino por la ley del mercado.

El argumento es sencillo: lo que es legal, no necesita contrabando. Y lo que no genera ganancias obscenas, no necesita balas. La legalización del licor aumentó el alcoholismo, sacó el negocio de las sombras y generó ingresos al Estado y se reemplazó el peligroso negocio del licor de contrabando, por licores regulados con estándares de calidad. Se acabó con la violencia armada de los estancos y pasamos a ser una sociedad donde se bebe en público.

El alcohólico de ayer el drogadicto de hoy

El alcohólico de hoy no es un héroe ni un delincuente. Es un enfermo. Y la sociedad, aunque mal, ha aprendido a lidiar con él: hay campañas, hay centros de rehabilitación, hay leyes que regulan el consumo. No es perfecto, pero es mil veces mejor que una guerra civil por un galón de aguardiente.

Lo mismo pasará con las drogas. El día que no sea un delito producir, trasladar o consumir, el problema dejará de ser una guerra y se convertirá en un problema de salud pública. El día que el Estado deje de gastar millones en perseguir, deberá a gastar en prevenir y curar. El día que el narcotráfico pierda su negocio, perderá también su poder y podremos frenar su toma del Estado.

La historia nos ha dado una lección que nos negamos a aprender. Hace 70 años, mi abuelo y mi tío abuelo estuvieron a punto de matarse por un licor que hoy se vende en cualquier supermercado por unos pocos dólares. Hoy, miles de ecuatorianos están matando y muriendo por un polvo blanco que, quizás en unos años, se venda en farmacias con receta médica. No se trata de promover el consumo. Se trata de dejar de promover la muerte.

El milagro de la cordura

Mi abuelo, el jefe de estancos, y mi tío abuelo, el contrabandista, fueron enemigos a muerte durante décadas, porque alguien en las alturas del poder político proscribió el jugo de caña fermentado. Pero en la boda de mis padres, decidieron que el amor de hija y sobrino, era más importante que la guerra del aguardiente que terminó al ser legalizado. Fue un milagro de cordura.

Ese milagro de cordura nacional, estamos a tiempo de repetirlo.

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Manuel Mesías Carrillo fue Jefe de Estancos en la provincia de Chimborazo. Abdón Calderón Barragán fue un famoso contrabandista de esa época. Esta columna es un homenaje a ambos y a la memoria de una guerra absurda y olvidada, similar a la que hoy tenemos con la cocaína.