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Domingo 22 de enero 2012
22 de January de 2012 00:00

En días pasados, hace escasamente dos meses, la Iglesia celebró el II Congreso Nacional de la Familia, precedido por los congresos diocesanos, y que ha convocado, en todo el país, a miles de personas preocupadas por una realidad que la mayoría experimenta como algo más que una institución, algo que forma parte del propio ser personal, sin lo cual sería imposible reconocerse a sí mismo.

Los psicólogos y la vida misma, con su terco realismo, nos han ilustrado hasta la saciedad qué significa nacer, crecer, vivir sin el soporte de una estructura familiar, o en una familia disfuncional o simplemente, en una familia sin amor. Muchas de nuestras averías adultas tienen su razón de ser en nuestras propias carencias afectivas y familiares. Y, especialmente, los que nos hemos movido en el mundo de las relaciones personales, en el acompañamiento espiritual o en la consejería familiar, sabemos que para comprender y sanar las heridas del corazón y sus vacíos, hay que ir a buscar el agua muy arriba, precisamente allí donde uno, desde el principio, se siente amado o rechazado.

Hoy, los nuevos escenarios sociales han complicado las cosas y la moral familiar tradicional se ha visto cuestionada por situaciones y realidades familiares nuevas que son para todos un auténtico desafío: parejas de hecho, del mismo o diferente sexo, divorcios infinitos, familias separadas por la emigración y, quizá, destruidas para siempre… Nos guste o no, ahí están con su fuerza social y reivindicativa, con su necesidad de rehacer la vida, con sus dolores a cuestas y su deseo de encontrar un hueco social y legal.

¿Qué puede y debe hacer la Iglesia a favor de la familia y de tantas personas que viven en el filo de lo establecido, de lo correcto, de lo moral? Yo creo personalmente que puede hacer mucho… Primero, afirmar con fuerza el valor ético y social de la familia y de sus valores irrenunciables: amor, respeto, diálogo, compromiso, entrega, solidaridad… Una constelación de valores que la fe cristiana sostiene convencida de que el proyecto de Dios es un proyecto familiar. Segundo, apoyar con entusiasmo a las familias (cristianas o no) que luchan y trabajan por mantenerse unidas, por educar, integrar y liberar no solo a los hijos, sino a todos los que conforman el universo familiar. Tercero, acoger con ternura y con decisión a aquellos que, a pesar de los fracasos de la vida, intentan rehacer el camino con honestidad y con esperanza. ¿Quién puede desesperar de ser salvado por un Dios que da la vida?

A pesar de sus crisis y falencias, la familia sigue siendo la realidad más valorada por todos, especialmente por los jóvenes… Muchos de ellos se resisten a dejar un hogar, algunas veces consentidor y capaz de transigir en casi todo con tal de que el hijo no se pierda… Pero, al mismo tiempo, capaz de ofrecerles el único espacio posible de un amor incondicional. Un amor que, mal que bien, les acompañará siempre. A los hijos déjenles, sobre todo, las certezas del corazón, incluida la certeza del amor de Dios. Lo demás,... se lo lleva el viento.