Fabián Corral

Cuestión de cultura

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Lunes 06 de enero 2020

Cuestión de cultura, asunto de responsabilidad social y sentido de vecindad: los extranjeros residentes en Cuenca organizan mingas para pintar el centro de la ciudad, borrar los grafitis y dejar nítidos paredes y monumentos, y así, hacer de Cuenca más ciudad. Nadie los obliga, la iniciativa nace de su compromiso con el sitio que les acogió, del hecho de que hay quienes prefieren la limpieza, que es educación, que aman las formas y procuran que el sitio en que viven sea acogedor, que sea una casa, y no un arrabal.

Cuestión de anti cultura: miles de “ciudadanos” acuden a las playas y las contaminan con toneladas de basura, convierten las calles en cantinas, inauguran toda clase de eventos bailables, con estruendos, música insufrible y griteríos. Son los turistas nacionales, aquellos que hacen la felicidad de hoteleros, municipios y otros agentes. Pero, esa gente, esos tumultos no distinguen entre diversión y mala educación, no tienen noción del respeto, ni idea de la protección del medio y del paisaje. O les tiene sin cuidado lo que estorba su afán de fanfarria.

Dos eventos que contrastan, y ponen en evidencia que los comportamientos del turismo tormentoso, que invade tanto las playas como el centro de Quito, son síntoma del subdesarrollo que nos agobia, de la impavidez de autoridades y vecinos. En tanto que lo que hacen los migrantes que viven en Cuenca, es una lección de quienes aprecian el país, se duelen de la depredación que sufre la ciudad, toman una brocha, consiguen pintura y limpian lo que ensucian los progres y alternativos. Cuestión de cultura, de civismo.

Si la vergüenza no hubiera caducado, como ha caducado en todos los órdenes, la sociedad y las jefaturas que soportamos, deberían al menos sonrojarse, abdicar de su desparpajo e indolencia, asumir sus responsabilidades, recoger el gesto de los extranjeros y actuar en consecuencia: educar, regular, sancionar y poner coto a la destrucción del país en nombre de no sé qué progreso, y con la excusa de un turismo que deja toneladas de basura, y que practica, eso sí, la embriaguez y el fandango sin límites.

Las preocupaciones ambientales, al parecer, carecen de importancia, o se limitan a declaraciones líricas, a discursos carentes de verdad y compromiso. El derecho a vivir en un país y en una ciudad limpios, “el derecho al paisaje” no despiertan interés. El derecho al silencio no existe ni importa, la paz es un cuento de hadas y la seguridad, una ficción.

Cuestión de anti cultura. Si las turbas, con el plauso de algunos vecinos de Quito, fueron capaces de destruir parte de la ciudad, y si eso se entiende como “democracia”, pues entonces lo de las playas y sus basurales, y la agonía del centro de Quito, ¿también será resultado del ejercicio de los derechos del tumulto?