
El anhelado e histórico triunfo de la Selección Nacional de Fútbol ante el Seleccionado Alemán, ha constituido un suceso de enorme trascendencia en el contexto del Campeonato Mundial de Fútbol.
Cerca de sesenta mil personas acompañaron a la Tricolor en los tres encuentros. Pletóricos de esperanzas y deseos de victorias, convergieron, unidos por los colores patrios y por el sincrónico latido de sus corazones, desde todas las provincias de la nación y se mezclaron con miles de compatriotas que viven en los tres países de América del Norte y mantienen su sentimiento de amor a la patria.
El grupo en que se integró al equipo nacional permitía hacer varias conjeturas. Se consideró que los dos primeros encuentros podían dar resultados favorables y que el tercero, frente al hasta ahora, para nosotros, imbatible Alemania, auguraba la posibilidad de concluir con un empate, en el mejor de los casos, o en una derrota, no definitoria, si partíamos del supuesto que nuestro elenco ganaba los puntos previstos en los partidos iniciales.
No ocurrió así. En el primer encuentro, ante Costa de Marfil, pese al claro dominio ecuatoriano durante el primer tiempo, el segundo período evidenció la falta de una estrategia adecuada por parte del cuerpo técnico de la Tricolor. Los cambios realizados fueron desacertados, en contraste con el acertado análisis del entrenador africano, cuyas sustituciones y modificaciones posicionales resultaron decisivas y permitieron la derrota ecuatoriana en los minutos finales. En el segundo partido, la Selección dominó con claridad a su débil rival, Curazao; sin embargo, aunque generó innumerables oportunidades de gol, no logró concretarlas y debió conformarse con el empate. Ese único punto se convirtió en un frágil vínculo y, a la vez, en un enorme desafío para alcanzar los dieciseisavos del campeonato. Solo quedaba un camino: vencer al poderoso e invicto equipo alemán, excampeón mundial.
La gente que viajó unió lealtad y esperanza en el uniforme que lucía con orgullo y, pese al mal comienzo, no dejó de alentar a sus deportistas. Encontró en la Selección una vía de escape frente a la inseguridad que atormenta al país, la corrupción que lo denigra y la participación de niños y adolescentes en asaltos y sicariatos; en suma, frente a los momentos difíciles que nos agobian. En esos breves espacios de tensión, emoción y fraternidad, una palabra sagrada alimentó la ilusión y el deseo de conquistar la paz y la justicia en nuestra nación: ECUADOR, ECUADOR, ECUADOR.
La gran hazaña invita a reflexionar en la importancia de perseverar en la fe y en la confianza de ese gran público que no dejó de creer en sus futbolistas. En recomendar a algunos comentaristas que traten de mantener madurez y equilibrio en sus expresiones, pues con la misma velocidad con que alaban y ascienden al deportista que tiene momentos triunfales, lo critican y ofenden al no rendir a plenitud. Dan lugar a una desmoralización individual y colectiva.
La dirección de Beccacece sorprendió gratamente. Utilizó una alineación lógica, esperada desde hacía tiempo, con los mejores jugadores en cada puesto; dejó de lado compromisos particulares y demostró apertura para aceptar sugerencias. Además, entendió la verdadera relación de un entrenador con todo un país y presentó un plantel batallador, de gran calidad y seguro de sus posibilidades, libre de complejos de incapacidad o inferioridad. También realizó variantes oportunas que mantuvieron el espíritu triunfador del equipo. Se mostró más accesible, menos autoritario y, en síntesis, como un mejor entrenador.
Los protagonistas de esta hazaña deportiva demostraron la jerarquía que se les reconoce dentro y fuera del país. Impulsados por el apoyo de millones de compatriotas, tanto en los estadios como frente a los televisores, confirmaron que pueden vencer a selecciones de cualquier nivel, por poderosas que sean, porque cuentan con la calidad, el pundonor y la determinación necesarios para lograrlo.
Confiamos en que las directrices adecuadas, la enorme calidad de los dirigidos, el permanente apoyo de los millones de aficionados y el amor patrio, constituyan los factores motivadores que lleven, mediante triunfos, a la Selección Nacional a estratos más altos en la competencia mundial.