
Una casa consumida por el tiempo en una olvidada calle del mundo, en el histórico barrio La Ermita, cerca del cementerio de San Diego. Gradas y pasamanos esqueléticos. “El tiempo huye”, dijo el poeta. Los humanos vivimos en perpetua huida. Mediaban los 80 del siglo anterior. La casa era de la madre de Enriquestuardo Álvarez (Salcedo, Ecuador, 1964). Un amigo común me había pedido visitarlo a fin de apreciar su arte.
Tumbados altos y papel tapiz desgarrándose en la semipenumbra de la espaciosa sala que Enrique había convertido en taller. Lienzos de formato heroico –siempre tendió al muralismo, siempre le hará falta espacio para verter su caudal de pasiones y saberes–, caballetes, escaleras, pinturas, brochas, espátulas y ese olor a tiempo impregnado de nuestra infancia –en mis hermanos y en mí– de la casa de nuestros ancestros. La madre del artista era una epifanía incesante. Silenciosa y menuda, entraba a agasajarme con su sola presencia.
El artista pensó mucho tiempo en un sello con grafías de nuestra ancestralidad para certificar sus obras. En mi libro Enriquestuardo, 2009, discurrí sobre esta ‘veleidad’. ¿Miedo, timidez, soberbia, humildad, elucubración, impronta lúdica?, pregunté entonces. Hoy pienso que respondía a un anhelo furtivo de desconcertar al espectador no solo con las sabias resonancias de sus composiciones: óleos, dibujos, grabados, retablos, objetos, instalaciones, sino también de su manera de sumergirse en el arte, el ejercicio que lleva al creador genuino a desvanecerse en su obra o, al menos, disfrutar su sombra.
Decidió imprimir su nombre artístico: Enriquestuardo y salió al mundo. Desde entonces, merodean su obra óleos y tallas en madera y piedra de nuestros antepasados, ancestralidad, templos y altares, pan de oro y plata, cera y vidrio pintado… Imágenes sagradas transmutadas en las legiones de mujeres, hombres y niños que habitan el infierno de la miseria contemporánea, un tiempo que es ayer y es mañana.
Es el punto cardinal que marca la distancia entre nuestro realismo social y el mal llamado indigenismo y la propuesta transgresora de Enriquestuardo. Su obra explora el tiempo, rastrea el ayer y recupera sus raíces, signos y símbolos para redivivirlos hoy.
Para su reciente muestra, Wak’a Kuna (Sitios sagrados), el artista ha recorrido la oscuridad incandescente de nuestro precolombinismo: paroxismo, bizarría, lidia con la lobreguez del más allá y el desvelo del abismo y la razón. Ya lo había hecho antes pero, en esta serie, va más allá, agrede espacio y tiempo, los quiebra y expone en su inermidad y sublimidad, hasta dejarnos en el vértigo del vacío infinito; bajo una luz que ciega y guía, conmociona y vivifica, avasalla y levanta.
Enriquestuardo sabe que somos herederos de culturas milenarias, por eso su oficio creador se nutre de continuas lecturas. Su arte no se constriñe a yacer sobre una mesa de necropsias para ser examinado por expertos con guantes quirúrgicos, aferrados a vademécums o breviarios academicistas.
Su obra exige algo más: una mirada capaz de estremecerse y dialogar con la memoria, el símbolo y el misterio. En su relato subrepticio, en la esencia de lo que los profanos llamaríamos “paisajes”, en los rostros y en la mirada intemporal de sus personajes: seres humanos y figuras de nuestras culturas madres: Valdivia, Jama-Coaque, Chorrera, Manteña, Pasto… palpita un tiempo vivo y redivivo. Forcejean fuego y ceniza eviterna.
En el espacio y en el tiempo se suceden las fases que constituyen el ciclo de la vida. Los egipcios simbolizaron, o mejor, “contemplaron”, este proceso en el recorrido del sol y su “viaje nocturno por el mar”. Enriquestuardo, a través de sus infatigables estudios y de las honduras de su propio ser, percibe nuestras deidades ancestrales que irrumpen en el presente y nos alertan sobre el porvenir.
El lado oculto del mestizaje titulé el ensayo dedicado a este artista en 2009. Enriquestuardo lleva en su ser la herencia de nuestros imagineros: vírgenes emplumadas, soles devenidos en Dios Padre, papagayos hendiendo el cielo junto a sus ángeles. También en lo conceptual dialoga con esa tradición: abjura del mestizaje, revela sus insustancialidades, desnuda sus fruslerías y espeta sus simulaciones.
Es tiempo de decirlo: Enriquestuardo es uno de los artistas visuales primordiales de su generación en América. Su obra entreteje nuestra ancestralidad con el presente, resguarda la historia y las vidas renacidas en la memoria colectiva, y las proyecta al futuro –incógnito siempre–.
Maíz y canto fueron nuestros principios. Raíz y memoria que Enriquestuardo recoge, y con ellos esparce el tiempo en la memoria y expone una aventura visual que nos devuelve el humus sagrado de nuestros orígenes.