
El Mundial 2026 terminará este domingo 19 de julio con una final entre Argentina y España. Pero su balance no quedará limitado al campeón, los goles o las sorpresas.
La primera Copa del Mundo con 48 selecciones también mostró hasta qué punto el fútbol puede convertirse en amplificador de prejuicios, violencia, intereses políticos y comportamientos que desbordan cualquier rivalidad deportiva.
Nada de eso nació con Internet. El racismo en los estadios, las peleas entre hinchas, las amenazas a jugadores y la apropiación política del fútbol tienen una historia larga.
Lo nuevo es su velocidad de propagación. Una agresión ocurrida en una grada puede recorrer el planeta en minutos, transformarse en contenido, alimentar nuevas hostilidades y premiar con visibilidad a quien antes habría quedado reducido al anonimato.
Durante el torneo, la senadora paraguaya Celeste Amarilla publicó insultos racistas contra Kylian Mbappé después de la eliminación de Paraguay. Una aficionada mexicana fue grabada cuando arrojó cerveza contra seguidores ecuatorianos en el Estadio Ciudad de México.
El periodista argentino Eduardo Feinmann calificó a los mexicanos de “detestables” y después ofreció disculpas. La FIFA abrió una investigación por insultos racistas dirigidos al creador de contenido IShowSpeed durante un partido de Argentina. En México, las celebraciones por la clasificación dejaron personas fallecidas y disturbios.
Los episodios son distintos y no admiten una explicación única. Reunirlos, sin embargo, permite observar un problema: la pasión deportiva puede funcionar como permiso para expresar aquello que ya existía fuera del estadio. Nacionalismo agresivo, xenofobia, misoginia, racismo y desprecio encuentran en el resultado una excusa y en las plataformas digitales una audiencia.
También quedó bajo discusión la independencia de las instituciones. La anulación de la suspensión del estadounidense Folarin Balogun generó controversia después de que medios internacionales informaran sobre una llamada del presidente Donald Trump a Gianni Infantino. Que la decisión deportiva haya sido corregida puede ser defendible; que una gestión política aparezca vinculada al proceso erosiona la confianza y fortalece la sospecha de que no todos compiten bajo las mismas reglas.
Pero el Mundial no produjo únicamente esa cara. La historia de Vozinha, arquero de 40 años que lideró el debut de Cabo Verde, convirtió a un futbolista de trayectoria modesta en símbolo global y multiplicó el interés turístico por su país. El rendimiento de selecciones africanas amplió el mapa competitivo. Erling Haaland generó tal identificación que cientos de bebés fueron registrados con su nombre en Perú.
Esa convivencia entre belleza y degradación define al fútbol contemporáneo. El deporte no dejó de ser deporte, pero alrededor suyo creció una economía de la atención que convierte cada gesto en espectáculo y cada exceso en mercancía viral.
La lección colectiva no consiste en exigir un Mundial sin conflictos, algo improbable.
Consiste en reconocer qué comportamientos se celebran, cuáles se convierten en entretenimiento y qué responsabilidades asumen FIFA, autoridades, medios, figuras públicas e hinchas. Una fiesta deportiva no se arruina solamente por lo que ocurre en la cancha. También puede perderse cuando el ruido exterior termina siendo más memorable que el juego.