
El doble terremoto que sacudió a Venezuela esta semana dejó una estela de muerte, destrucción y miles de personas afectadas. Sin embargo, cuando terminen las labores de rescate y comiencen a retirarse los escombros, el país enfrentará un desafío aún mayor.
Hay que reconstruir comunidades, restablecer servicios esenciales y, sobre todo, recuperar la confianza en unas instituciones débiles y que deberán responder en medio de un escenario particularmente complejo.
Los desastres naturales representan una prueba para cualquier nación y para cualquier Estado. En Venezuela, donde desde hace años persisten dificultades políticas, económicas, institucionales y sociales, las consecuencias del doble terremoto pueden ser todavía más profundas.
La recuperación no dependerá únicamente de la magnitud de los daños materiales, sino también de la capacidad de coordinar la atención a los damnificados. Además, se debe garantizar la transparencia en el manejo de los recursos que llegarán del exterior. Se trata de planificar una reconstrucción que no deje atrás a las poblaciones más vulnerables.
La emergencia también vuelve a recordar que la infraestructura no se deteriora únicamente por la fuerza de la naturaleza. La inversión sostenida en hospitales, escuelas, carreteras y servicios públicos, incluso el petróleo, constituye la primera línea de defensa frente a una catástrofe de la magnitud del doble terremoto en Venezuela. Cuando esas capacidades llegan debilitadas al momento del desastre, el costo humano suele ser mucho mayor.
Como ocurre en toda tragedia de esta magnitud, la respuesta de las autoridades será observada con atención por la ciudadanía y por la comunidad internacional. La rapidez en la asistencia, la eficacia de los equipos de emergencia y la distribución equitativa de la ayuda influirán no solo en la recuperación de las zonas afectadas.
Sin embargo, es urgente que las instituciones sean creíbles. En circunstancias extremas, la gestión pública deja de medirse en discursos y comienza a evaluarse en resultados. Y si se trata de resultados, credibilidad y confianza, el Gobierno socialista de Venezuela deja mucho que desear.
Por otra parte, este desastre también obliga a mirar más allá de las fronteras venezolanas. La solidaridad internacional no debería estar condicionada por diferencias políticas o ideológicas.
La ayuda humanitaria responde a un principio elemental: proteger la vida de quienes lo han perdido casi todo. América Latina ha padecido de terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas y huracanes con demasiada frecuencia. Así, se hace difícil olvidar que la cooperación regional es indispensable cuando la naturaleza golpea con esta intensidad.
Tampoco se puede olvidar que Venezuela ha desatendido incluso su industria pilar de la economía desde el siglo pasado: el petróleo.
La tragedia deja, además, una lección para todos los países de la región. La prevención rara vez ocupa el centro del debate público hasta que ocurre una emergencia.
Solo entonces se vuelve evidente la importancia de normas de construcción adecuadas, sistemas de alerta temprana, planes de evacuación, ciudades resilientes e instituciones preparadas para responder en cuestión de minutos.
Ecuador conoce esa realidad. Los terremotos que ha vivido el país, especialmente el de 2016, demostraron que la solidaridad ciudadana resulta indispensable, pero también que ninguna respuesta de emergencia sustituye a la prevención. Sin embargo, esa ayuda se vio afectada por la corrupción del Gobierno de aquellos años.
La planificación urbana, la inversión en infraestructura segura y el fortalecimiento de la gestión de riesgos deben entenderse como políticas permanentes y no como reacciones temporales frente a una tragedia. Y es fundamental la honestidad de la clase política que esté a cargo del gobierno.
Con el paso de los días, la atención mediática disminuirá y las imágenes de edificios colapsados dejarán de ocupar las primeras planas. Será entonces cuando empiece el verdadero desafío para Venezuela tras el doble terremoto. Porque la reconstrucción no termina cuando desaparecen los escombros. Apenas comienza.