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El agricultor ecuatoriano tiene 58 años en promedio, pero también hay cerca de 1 millón de jóvenes vinculados con la agricultura. Ese dato fue revelado recientemente por la FAO como una gran preocupación: el campo ecuatoriano envejece y eso es malo para Ecuador.
En la práctica, buena parte de la comida que llega a la mesa de los ecuatorianos depende de personas que están cerca de la edad de jubilación y que, en muchos casos, no tienen quién les tome la posta.
Los jóvenes de la agricultura ecuatoriana ya generan valor agregado para sus familias, pero aún son muy pocos y necesitan apoyo para producir el campo
Es un problema generacional y económico para la agricultura de Ecuador. A un productor de 60 años le cuesta más endeudarse para comprar un sistema de riego, probar una variedad nueva o aprender a usar una aplicación de la inteligencia artificial que le diga cuándo fumigar.
No es por falta de capacidad, sino porque el horizonte para recuperar esa inversión es corto. Cuando el campo envejece, la innovación se frena y el sector queda más expuesto a las crisis que en el caso ecuatoriano llevan varias décadas.
Los jóvenes están ahí en el sector de la agricultura. Ecuador tiene 3,5 millones de personas entre 18 y 29 años, según la FAO, y casi un millón de ellas trabaja en el sector agroalimentario. El detalle es cómo trabajan: la mayoría es jornalero, sin contrato, sin seguridad social, con ingresos que no permiten planificar nada. A eso se suman 740 000 jóvenes que no estudian ni trabajan, muchos en zonas rurales donde la única alternativa visible es migrar.
Hay, sin embargo, una señal que merece atención. Cerca del 15% de esos jóvenes del agro ya se autoemplea con un emprendimiento propio. Chocolate, café de especialidad, yogur de frutas amazónicas, chocho procesado para escuelas. Son negocios pequeños, con marca, con empaque, con una historia detrás. Lo que les falta no es idea ni ganas; les falta crédito, mercado y socios.
El programa Agrojoven, que impulsa el Gobierno con la FAO, apunta en ese camino. Ofrece capacitación, asesoría técnica y acerca a los emprendedores a empresas privadas que puedan comprarles. Es un buen comienzo y hay que reconocerlo.
Pero también hay que decir que es un programa joven, que todavía no muestra resultados medidos, y que tiene el riesgo de cualquier iniciativa pública en Ecuador: quedarse a medio camino cuando cambie el gobierno. Sería un error que Agrojoven dependa de un nombre o de un periodo. Necesita metas verificables, presupuesto asegurado y continuidad.
Y no puede ser el único esfuerzo. Los jóvenes rurales necesitan una banca que les preste sin exigir garantías que no tienen, universidades técnicas que formen en lo que el campo demanda hoy, y empresas que no solo los contraten, sino que inviertan en sus proyectos como socios. Esa última parte es la más difícil y probablemente la más importante.
De alguna manera, la falta de apoyo al agro y a los jóvenes ya se nota en Loja. Los dirigentes cafetaleros de Quilanga, Espíndola, Gonzanamá y Calvas cuentan que los muchachos se están yendo a la minería ilegal. Pagan mejor, aunque sea peligroso, aunque sea al margen de la ley. Los cafetales se quedan sin mano de obra y las familias solo dependen de personas que están más allá de los 70 años, incluso 80.
Ese es el escenario que se debe evitar desde el Estado. Apoyar a los jóvenes de la agricultura ecuatoriana no es un gesto de buena voluntad. Es la forma más razonable de garantizar que dentro de 20 años Ecuador siga produciendo su propia comida con una nueva generación, joven y emprendedora.