
Después de lo de Venezuela y de lo que pasó el lunes en Colombia, en Ecuador volvió a circular la misma idea de siempre: que “ahora nos toca a nosotros”.
Se repite cada vez que un país vecino sufre un terremoto grande. No hay ningún fundamento científico para esa creencia. Los terremotos no avisan, no siguen turnos ni obedecen a una especie de cadena regional que se pueda anticipar. Lo dijo hace poco el Instituto Geofísico del Perú y lo repiten los sismólogos ecuatorianos cada vez que pueden: que un país tiemble no adelanta nada sobre el que sigue.
Pero hay algo cierto detrás del miedo y que debemos tener presente: Ecuador está situado en el Cinturón de Fuego del Pacífico. Bajo nuestros pies, la placa de Nazca se desliza debajo de la Sudamericana, un proceso lento que va acumulando energía en ese contacto hasta que se libera de golpe.
La prevención es crucial para estar preparados a cualquier riesgo, como un terremoto, tomando en cuenta que Ecuador es un país sísmico y volcánico, pero también se enfrenta a otras amenazas.
Así se producen los grandes terremotos que ha sufrido este lado del continente, y Ecuador no es la excepción ni un espectador de lo que le pasa a sus vecinos.
El problema no es reconocer ese riesgo. El problema es acordarnos de él solo cuando tiembla en otro país. El 16 de abril de 2016, Ecuador vivió un terremoto de 7,8 grados —más fuerte que el que acaba de golpear a Colombia— y la lección debería haber sido permanente, no una que se reactiva por reflejo cada vez que hay una tragedia ajena.
Han pasado más de 10 años desde Pedernales. Vale preguntarse, sin rodeos, qué tan preparados estamos hoy; se ha hecho prevención para prepararnos ante un terremoto.
Cuántos edificios cumplen con norma sismorresistente, las familias conocen si su casa o edificio aguanta un terremoto, si donde trabaja es una zona segura, cuántos municipios han actualizado sus protocolos para que se construya de forma segura.
La respuesta probablemente no sea tranquilizadora, pero es más útil que cualquier alarma sacada de una cadena de WhatsApp o las redes sociales.
La prevención no es un eslogan de campaña ni una frase para calmar ánimos. Es información verificada, formación constante y decisiones concretas, desde revisar la estructura de una casa hasta saber dónde pararse durante el movimiento. Ese trabajo, sostenido en el tiempo, es lo único que de verdad nos prepara. Todo lo demás son especulaciones y desinformación.