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Por su geografía, Quito será siempre una ciudad con tránsito vehicular complicado. Estrecha y larga, la capital tiene cuellos de botella, que hacen que la movilidad sea de por sí demorada, lenta. En un día normal resulta tediosa. Basta con que haya un mínimo inconveniente, como una ligera llovizna, o un siniestro como el ocurrido ayer en la autopista General Rumiñahui, para que todo colapse varios kilómetros a la redonda durante horas.
Las administraciones anteriores y la actual han buscado la forma de aligerar las calles de Quito. Las maneras han sido mayormente restricciones, como impedir la circulación según el número de placas, por más o menos horas, los contraflujos, etc. Pero al parecer, la solución al problema de las diarias congestiones requiere de una fórmula mágica.
Lo irónico es que aproximadamente el 30% de quienes viven en la ciudad usa su propio vehículo; el resto, el transporte público. Entonces, es obvio que los esfuerzos deben apuntar en esa dirección, para que se pueda vislumbrar alguna mejoría.
Si bien el deficiente servicio público desalienta su uso, también hay mucho prejuicio en un segmento de la población. Tampoco los choferes profesionales ayudan para cambiar esa costumbre: hacen caso omiso a las normas de tránsito y muchas veces son causantes de incidentes en la vía por exceso de velocidad; se pasan los semáforos en rojo, y afectan la salud de la gente con el humo que echan por los tubos de escape. No son solamente los particulares: también los del sistema municipal, incluso de la Ecovía, cuyo nombre haría pensar que el tema ambiental les importa. Y parece que no hay autoridad que sepa y pueda controlarlos.
Estamos a mitad del año y el funcionamiento del Metro para diciembre parece ya una utopía. Si este sistema, que ha costado fortunas y ha sido un desgaste de esfuerzos, no entra en funcionamiento pronto, inútil será pensar en invertir en otras soluciones. Es más, la ciudad ni siquiera ha podido establecer qué empresa se hará cargo de la revisión técnica vehicular, que es lo que da garantía de alguna seguridad en las rutas.