México vs. Ecuador, el fútbol de barrio resiste al negocio del Mundial

Hoy, México vs. Ecuador en el mítico estadio Azteca. El Mundial cambió reglas y precios, pero el fútbol sigue siendo de barrio.

Washington Herrera, Columnista

Hoy, martes 30 de junio, Ecuador se juega ante México el partido más importante de la Tricolor en veinte años. Será en el Estadio Azteca, ante más de 80 000 personas. Pero estar ahí, en las gradas, cuesta una fortuna.

La entrada más barata para el México vs. Ecuador de los dieciseisavos supera los 3 000 dólares, y en las plataformas de reventa trepa por encima de los 3 900 dólares. Según se ha reportado, es el partido más caro de toda esta ronda del Mundial. Para la clase media, una cifra impagable.

No es un detalle menor. Dice mucho sobre el torneo que estamos viendo.

Este Mundial cambió cosas que parecían intocables. La FIFA impuso pausas de hidratación obligatorias en los 104 partidos: alrededor del minuto 22 de cada tiempo, el juego se detiene tres minutos. El partido, concebido durante más de un siglo en dos tiempos, hoy se vive casi en cuatro.

El presidente Gianni Infantino lo justificó por el calor y negó cualquier interés comercial. “La FIFA no gana absolutamente nada con esto”, afirmó. Pero la pausa abre una ventana publicitaria nueva: estimaciones de la industria calculan entre 500 y 600 millones de dólares para las cadenas de televisión. Es, en el fondo, el modelo del Super Bowl trasplantado al fútbol. La UEFA, por ahora, lo rechazó.

El polémico Marcelo Bielsa, todavía técnico de Uruguay, advirtió en su momento que dividir el juego “no le agrega nada y le quita mucho” a aquello que hizo del fútbol un deporte que enamora.

A esto se suman los precios. En México 70 y México 86, la clase media —e incluso la clase media baja— llenaba los estadios. Hoy el graderío es para quien puede pagarlo, y se diseñó, casi, para ser “instagrameable”: pensado para la foto, para la pantalla, para la red social. La narrativa del espectáculo cambió.

El fútbol no es un deporte de élites: nació en la calle, y por eso sobrevive y emociona.

Y, sin embargo, hay algo que no cambió. Algo que incluso se contrapone a este fútbol de negocio: el origen de los jugadores.

Los que hoy salten a la cancha, de un lado y del otro, vienen del barrio. De la cancha de tierra, del patio, de la pichanga. Como nació el fútbol mismo.

Lo documentamos en EL COMERCIO: 13 de los 26 seleccionados ecuatorianos se formaron en Independiente del Valle. Pero, como explica el médico Enrique Chávez, la técnica no se crea en el laboratorio: se graba antes, jugando en la calle. Los clubes la encuentran ya formada.

El mapa lo confirma. Si en 2002 la Tri se concentraba en pocas ciudades, hoy hay jugadores nacidos en Santo Domingo, Lago Agrio, Quinindé, Shushufindi, Durán, Manta, Babahoyo o Riobamba. El talento brota de todo el país, no de un grupo pequeño.

Por eso, mientras la FIFA reescribe reglas y los boletos se vuelven inalcanzables, el fútbol sigue vivo donde siempre estuvo: en la afición. En quien lo ve por televisión o lo escucha en la radio mientras trabaja.

Hoy, esa gente no pensará en contratos ni en pausas comerciales. Pensará en el gol, en la atajada, en aguantar el resultado.

El fútbol, en lo esencial, no cambiará por más normas (comerciales) que se impongan. Vive de cómo lo siente y lo respeta su gente. Y en ese terreno —el único que de verdad importa— México y Ecuador vuelven a ser dos pueblos unidos por una pelota. Todo lo demás no importa.