Lula abre un diálogo necesario para América Latina

Lula gana en Brasil y abre una oportunidad para que la región dialogue por encima de las ideologías.

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La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil no revierte por sí sola el giro electoral hacia la derecha que ha marcado a buena parte de América Latina. Sí introduce una excepción importante y, sobre todo, una oportunidad: recordar que la región necesita mecanismos de diálogo que sobrevivan a las alternancias ideológicas.

Lula ganó la segunda vuelta del 25 de octubre con 51,79% de los votos válidos frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro, según el Tribunal Superior Electoral. Su victoria llegó después de siete triunfos presidenciales consecutivos de fuerzas conservadoras en la región. El dato importa porque muestra que América Latina no avanza como un bloque ideológico uniforme.

Tampoco tendría por qué hacerlo.

Daniel Noboa felicitó a Lula y sostuvo que la región comparte enemigos y desafíos. En Colombia, Abelardo de la Espriella, quien había respaldado públicamente a Bolsonaro, reconoció el resultado y afirmó que ambos países se necesitan. Son gestos básicos en una democracia, pero adquieren valor en una región donde demasiadas veces la cooperación dependió de que los presidentes compartieran signo político.

Brasil seguirá gobernado desde la izquierda mientras Ecuador, Colombia, Argentina y otros países mantienen gobiernos de derecha o centroderecha. Esa diversidad no debería impedir acuerdos sobre asuntos que no desaparecen cuando cambia un presidente: crimen organizado, migración, energía, infraestructura, comercio, Amazonía, minerales estratégicos, alimentos o respuesta ante desastres.

La necesidad es también económica. La competencia entre Estados Unidos y China está reordenando cadenas de suministro, inversiones, tecnología y acceso a minerales.

La Cepal observa que México y Centroamérica han profundizado su relación con Estados Unidos, mientras Sudamérica fortalece vínculos comerciales con China. Mercosur, además, puso en vigor este mes su acuerdo comercial con la EFTA, después de firmar en enero un acuerdo de asociación con la Unión Europea.

Ese escenario no exige que América Latina hable con una sola voz en todo. Sus economías, intereses y alianzas son diferentes. Pero la fragmentación permanente reduce capacidad de negociación. Cuando cada país discute aisladamente con potencias económicas mucho mayores, son esas potencias las que llegan con mayor margen para fijar prioridades, condiciones y tiempos.

La región ya conoce el problema inverso: proyectos de integración construidos alrededor de afinidades presidenciales que pierden fuerza cuando cambia el ciclo político. Repetir ese modelo tampoco sirve.

El desafío consiste en identificar una agenda mínima que no dependa de izquierdas o derechas. Infraestructura regional, interconexión energética, combate al crimen transnacional, movilidad humana, comercio y defensa de intereses productivos podrían ofrecer ese terreno común.

El triunfo de Lula tampoco borra la polarización brasileña. Su margen fue estrecho y gobernará con un Congreso conservador. Esa realidad debería moderar cualquier lectura sobre un supuesto regreso regional de la izquierda.

Lo que sí deja la elección es una señal útil. Reconocer al adversario elegido y trabajar con él no implica abandonar convicciones. Implica entender que los gobiernos pasan y los intereses nacionales permanecen.

América Latina necesita menos alianzas ideológicas y más acuerdos capaces de sobrevivir a ellas.

Ese aprendizaje regional merece convertirse ahora en política.

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