Lo que revelan 53 cantones de Ecuador sin muertes violentas

La ausencia de homicidios en 53 cantones no es anomalía ni un modelo exportable, sino un fenómeno territorial que exige lectura crítica.

! La verdadera redención está allí: en la ternura, que es esperanza, antes que sumisión.

Que 53 cantones de Ecuador no hayan registrado homicidios intencionales en 2025, el año más violento del que se tenga registro, es un dato que interpela. No porque contradiga la crisis de seguridad que vive el país, sino porque obliga a mirar la violencia con más detalle. La ausencia de muertes no equivale, necesariamente, a la ausencia de delitos.

El mapa de estos cantones no es homogéneo ni responde a una sola causa. En el sur andino -Azuay, Cañar y Loja-, como explica el sociólogo Marco Salamea, confluyen factores sociales y económicos específicos. Son provincias con una larga historia migratoria y un flujo constante de remesas que actúa como amortiguador frente a la precarización extrema.

A ello se suman niveles de vida relativamente más estables y redes comunitarias todavía activas. Esto reduce tensiones sociales y desincentivan la violencia letal. Además, estos territorios están fuera de las principales rutas del narcotráfico y carecen de valor estratégico para la exportación de drogas. En consecuencia, esto limita la presencia de bandas criminales y la disputa armada.

La Amazonía responde a una lógica distinta. Allí, la ausencia de homicidios está asociada a la baja densidad poblacional, la dispersión territorial y la falta de mercados criminales urbanos altamente disputados. Cantones como Archidona, El Chaco, Aguarico o Arajuno no son espacios libres de economías ilegales, pero estas operan con bajo perfil.

La minería ilegal, el tránsito de mercancías ilícitas o el uso de rutas secundarias-según el experto José Luis Castillo- no siempre se traducen en violencia abierta. Cuando no hay competencia armada por el control de barrios o nodos urbanos, el incentivo para matar disminuye.

La lectura se vuelve más compleja en la Costa y en las zonas de frontera. La cientista política Katherine Herrera advierte que la baja letalidad puede ser resultado de equilibrios criminales estables.

En provincias golpeadas por el crimen organizado, como El Oro o Carchi, algunos cantones -Balsas, Chilla, Las Lajas, Marcabelí, Bolívar o Espejo- quedaron fuera de la estadística de homicidios en 2025. No porque estén al margen del riesgo, sino porque no son plazas disputadas. Allí puede operar una gobernanza criminal silenciosa, basada en extorsión, control económico y cooptación institucional, sin necesidad de recurrir al asesinato de forma sistemática.

Este es el punto central. El homicidio es el indicador más extremo de la violencia, pero no el más completo. Cuando la violencia letal no aparece, no siempre significa paz; puede significar control. Las experiencias recientes en Ecuador muestran que la violencia se instala por fases: primero el dominio silencioso, luego la coerción cotidiana y, solo después, la disputa armada y los asesinatos.

Por eso, estos cantones no son modelos replicables ni sustitutos del Estado. Sus condiciones -geográficas, sociales y económicas- no se pueden exportar. Lo que sí puede y debe replicarse es la lección: anticiparse. Mirar más allá del conteo de muertos. Detectar señales tempranas de extorsión, captura institucional y economías ilegales antes de que la violencia escale.

Ecuador no puede permitirse confundir calma con seguridad. Los 53 cantones sin homicidios no desmienten la crisis; la explican desde otro ángulo. Ignorar esa advertencia sería volver a llegar tarde.