Lo que nos deja el 10 de Agosto

El 10 de Agosto no solo recuerda la libertad conquistada: plantea qué significa ser ecuatoriano y qué país queremos construir hoy.

Hay algo profundamente ecuatoriano en la noche del 9 de agosto de 1809: un grupo de personas reunidas en una casa, discutiendo, dudando y tratando de ponerse de acuerdo sobre qué hacer con su futuro. La Independencia, antes de convertirse en monumento, desfile y feriado, fue incertidumbre.

Quizá por eso el 10 de Agosto dice mucho más sobre nosotros de lo que creemos. La historia suele entregarnos aquella jornada convertida en una escena solemne. Manuela Cañizares, Juan Pío Montúfar, José Cuero y Caicedo, la Junta Soberana, las campanas de Quito y las salvas disparadas desde El Panecillo. Dos siglos después resulta fácil observar los acontecimientos sabiendo cómo terminó la historia.

‘La libertad dejó de ser únicamente una disputa contra un poder extranjero. Ahora se mide también en la vida cotidiana’.

Quienes se levantaron contra el orden establecido no sabían que vendrían la persecución, las cárceles y la masacre del 2 de agosto de 1810. Tampoco podían saber que tendrían que pasar casi 13 años hasta la Batalla de Pichincha.

El 10 de Agosto, por tanto, no debería recordarnos únicamente la libertad. Debería recordarnos su costo.

La identidad ecuatoriana comenzó a construirse mucho antes de que existiera la República del Ecuador. Surgió de territorios, pueblos y culturas diferentes que lentamente comenzaron a reconocerse dentro de una historia compartida. La gesta quiteña forma parte fundamental de esa memoria, pero nuestra identidad no terminó de escribirse en 1809, ni en 1822, ni siquiera con el nacimiento de la República en 1830. Seguimos escribiéndola.

Ecuador es indígena, mestizo, afroecuatoriano y montuvio. Es Costa, Sierra, Amazonía y Galápagos. Es un país atravesado por diferencias geográficas, sociales y culturales que demasiadas veces hemos convertido en fronteras interiores. Por eso resulta insuficiente celebrar el 10 de Agosto únicamente mirando hacia atrás.

Las naciones necesitan memoria, pero también necesitan propósitos compartidos. De poco sirve proclamarnos herederos de quienes buscaron la libertad si aceptamos con resignación que miles de ecuatorianos vivan sometidos por el miedo, la violencia, la pobreza o la falta de oportunidades.

Las cadenas cambiaron. Nuestra independencia contemporánea consiste también en que un niño pueda estudiar sin que su futuro dependa del lugar donde nació; que una familia pueda trabajar sin pagar una extorsión; que una mujer pueda caminar sin miedo; que un joven no tenga que abandonar el país porque siente que aquí no existe futuro.

La libertad dejó de ser únicamente una disputa contra un poder extranjero. Ahora se mide también en la vida cotidiana.

Tal vez allí reside la vigencia extraordinaria del 10 de Agosto. Aquellos quiteños de 1809 no nos legaron un país terminado. Nos dejaron una pregunta: qué estamos dispuestos a hacer para construir una sociedad en la que podamos decidir nuestro propio destino.