La reducción del 22% de muertes violentas en Quito no consuela

La delincuencia común, la violencia comunitaria e intrafamiliar son un problema en sectores vulnerables.

AC/DC es una banda de rock australiana, formada en 1973 en Australia.

Las cifras de criminalidad en Quito, sugieren una aparente mejora: las muertes violentas bajaron 22%. Esta reducción se da en siete meses del 2024 en comparación con el mismo periodo del año anterior, al pasar de 171 a 133.

Sin embargo, esta disminución registrada por el Ministerio del Interior, aunque bienvenida, no disipa la sensación de inseguridad y temor que persiste entre los quiteños.

Las masacres de este 2024 no dejan de alterar el ánimo de la ciudadanía. No se trata solo de la cantidad de vidas perdidas, sino de la brutalidad con que se cometen estos crímenes. Y a esto se agrega la sensación de impunidad que se percibe.

El 71,4% de los homicidios, asesinatos, sicariatos y femicidios ocurren en espacios públicos de zonas urbanas de la urbe.

Es imprescindible cuestionar y reflexionar sobre las deficiencias estructurales detrás de estas muertes violentas, que en su mayoría están relacionadas con la delincuencia común. Y que se convierten en una constante en las calles del distrito metropolitano.

La motivación principal de estos actos es las amenazas con armas de fuego. Quito, que solía ser una ciudad de relativa paz, parece estar sucumbiendo a un ambiente de violencia, que demanda más acciones y menos quejas.

El perfil de las víctimas es un reflejo de la crisis: jóvenes, en su mayoría hombres, entre 18 y 35 años de edad. Sus vidas se apagan durante las noches y madrugadas, en barrios históricamente vulnerables.

El sur de Quito registra el 40% de las muertes violentas. Esta área sigue siendo una de las más golpeadas, seguido por sectores del extremo norte, centro, centro norte y los valles.

Estos decesos no solo son un fenómeno de delincuencia común. La violencia comunitaria y la intrafamiliar también figuran en esta preocupante realidad, aunque en menor medida. Esto sugiere que se trata de un problema sistémico.

Las medidas que se adopten deben ir más allá de la contención. Es crucial atacar las raíces de la violencia en Quito, que incluyen: pobreza, falta de oportunidades laborales y educativas. La creciente desigualdad social, y un sistema judicial poco asertivo en ofrecer justicia oportuna también son relevantes.

Solo entonces se podrá hablar de una ciudad un poco más segura, en donde las estadísticas no solo muestren una baja numérica que no consuela. El objetivo es ver un verdadero cambio en la vida diaria de sus habitantes.