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Las imágenes de las inundaciones de Esmeraldas se parecen a las de El Niño de 1997-1998. Barrios anegados, ríos fuera de su cauce, familias con el agua hasta la cintura. Casi tres décadas separan ambos episodios de El Niño y la comparación obliga a preguntarse qué cambió en la vulnerabilidad de la provincia.
Las cifras de la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos dan una idea del tamaño de las inundaciones por causa de El Niño. Entre el 29 de agosto y el 3 de octubre de 2026, la entidad contabilizó 212 eventos adversos por lluvias en 21 provincias. Más de la mitad, el 54,25%, fue por inundaciones. Septiembre concentró 181 de esos eventos. En total, 13 708 personas resultaron impactadas.
Las inundaciones de El Niño de 2026 ponen en evidencia que las autoridades hicieron poco para mitigar los impactos de las lluvias
Esmeraldas se lleva la peor parte: 9 740 personas afectadas por las lluvias intensas. Al cierre del informe 17 sobre las lluvias de Gestión de Riesgos, los siete ríos y esteros desbordados de Ecuador estaban en esa provincia. En San Gregorio, parroquia de Muisne, el desborde del río Sucio afectó a 606 familias. En San Francisco de Onzole, en Eloy Alfaro, a varias comunidades solo se llega por río, tras más de tres horas de recorrido.
Guayas suma 2 211 personas impactadas; Los Ríos, 1 385; Manabí, 190. Esta última cifra parece menor, pero Manabí concentra 29 de las 33 viviendas destruidas en el país. Otras 3 352 casas presentan daños, igual que 17 establecimientos educativos. En Pascuales, en Guayaquil, el techo de un centro de salud colapsó el 3 de octubre. Este reporte registra la muerte de una persona el 26 de septiembre, arrastrada por la corriente del río Calichana en el cantón Pasaje de la provincia de El Oro.
Detrás de cada casa inundada se reflejan las decisiones que no adoptaron las autoridades a su debido tiempo. Durante casi 30 años, los municipios no controlaron el uso del suelo y por eso hoy se ven a muchas familias que levantaron sus viviendas en quebradas, en zonas inundables o en terrenos con riesgo conocido de anegarse. El Niño de 2026 lo pone en evidencia.
En el campo repite la misma historia. La Secretaría de Gestión de Riesgos reporta 1 302 hectáreas de cultivos afectadas y 332 perdidas en Los Ríos. La cifra todavía puede crecer: en Valencia y Babahoyo, los técnicos aún evalúan cultivos bajo el agua. Arroz, cacao y maíz son parte de esas pérdidas, que muchas veces recaen sobre los mismos campesinos pobres que perdieron sus cosechas a fines de los noventa.
Su efecto tampoco termina ahí. El arroz es un alimento de consumo masivo y su precio sube cuando falta producción. El maíz abastece a la industria de balanceados, de la que depende el sector avícola.
Tras el anuncio del desarrollo de El Niño, Gestión de Riesgos pidió a fines de mayo a los municipios y prefecturas la entrega de los planes de prevención, con un plazo de un mes. Sin embargo, ningún municipio puede construir un muro de contención, un sistema de drenaje o la reubicación de un barrio entero en tres meses, menos aún si esas obras nunca arrancaron en los años previos.
Suena repetitivo, y quizá lo sea: la prevención es un trabajo de largo plazo, un proceso de largos años. Ni alcaldes ni prefectos ni el Ejecutivo pueden resolverla con declaratorias de emergencia. Hace falta una política pública de gestión de riesgos que sobreviva a los cambios de autoridades y que reciba recursos también en los años sin lluvias extremas.
Mientras la gestión de riesgos ocupe un lugar secundario, Ecuador seguirá con pérdidas de infraestructura, de bienes y de vidas. Las autoridades deben tomarse en serio su papel preventivo y no solo actuar cuando ya llegó la emergencia.
Además, solo para recordar que el riesgo no solo se limita a las inundaciones de El Niño. Ecuador vive expuesto a sismos, erupciones volcánicas, cambio climático y otras amenazas. En verdad se debe dejar de ser reactivo y pasar al siguiente nivel: la prevención.
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