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Sin duda, América Latina estará pendiente de lo que ocurra este domingo 25 de octubre de 2026, porque podría definir, en buena medida, el futuro geopolítico regional.
La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, que disputarán el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, y el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, es una muestra más de la polarización política entre derecha e izquierda.
Bolsonaro ganó la primera vuelta, algo que no se pronosticaba. Sin embargo, la diferencia sobre Lula fue de solo 1,87 puntos porcentuales, algo más de dos millones de votos.
A pocos días de las elecciones, las últimas encuestas daban una ventaja a Bolsonaro, el hijo del expresidente Jair Bolsonaro, aunque esta se redujo un punto porcentual en los últimos días. Pero hay un detalle significativo que podría cambiarlo todo en las elecciones de Brasil: el 21% de abstención registrado en la primera vuelta.
De perder Lula, aquella izquierda que gobernó buena parte de Sudamérica al iniciar este siglo, la que planteó la Unasur, el Banco del Sur, un ejército o fiscalía regionales, quedaría considerablemente debilitada. Entre los gobiernos de izquierda permanecerían Venezuela y Uruguay; el primero, un país sumido en una profunda crisis política, económica y social bajo el llamado Socialismo del Siglo XXI; y Uruguay, un país que constituye -por su excepcionalidad- un referente de la democracia latinoamericana.
Si ampliamos la mirada a toda América Latina, se añaden México, Nicaragua y Cuba, aunque sus sistemas políticos y sus realidades institucionales son muy diferentes. Desde una perspectiva latinoamericana, México y Brasil son las dos mayores potencias económicas de la región; los dos, precisamente, gobernados por la tendencia de izquierda.
La importancia de estas elecciones en Brasil trasciende, por tanto, las fronteras brasileñas. Si gana Flávio Bolsonaro, se profundizaría el giro hacia la derecha que ya se observa en Argentina, Chile, Bolivia, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú. Además, podría consolidarse un bloque de gobiernos con mayores afinidades políticas con el presidente estadounidense, Donald Trump.
Ese escenario tendría consecuencias para las relaciones comerciales, la cooperación en seguridad y los mecanismos de integración regional. También podría modificar el papel de Brasil en los Brics, donde ha mantenido una relación estratégica con China y otras economías emergentes. Sin embargo, los intereses económicos brasileños difícilmente permitirían una ruptura con Pekín, uno de sus principales socios comerciales.
Si Lula consigue la reelección, el panorama sería diferente. Brasil seguiría como el principal contrapeso político de izquierda frente a una región donde predominan los gobiernos de derecha y centroderecha. Su continuidad también fortalecería la presencia latinoamericana en los Brics y mantendría una política exterior que busca mayor autonomía frente a las grandes potencias.
Pero una victoria de Lula tampoco significaría el retorno de aquella izquierda que dominó buena parte del continente durante los primeros años de este siglo. Las circunstancias han cambiado. La inseguridad, el crimen organizado, las dificultades económicas y el descontento ciudadano han alterado las prioridades electorales. Y los gobiernos, independientemente de su orientación ideológica, enfrentan crecientes exigencias de resultados.
En cualquiera de los dos escenarios, Brasil tendrá una enorme responsabilidad regional. Su peso económico, su población y su influencia diplomática le otorgan una capacidad de liderazgo que pocos países latinoamericanos poseen. Pero ese liderazgo dependerá también de su disposición a construir acuerdos con gobiernos de distintas tendencias políticas.
Para Ecuador, las consecuencias podrían ser especialmente significativas. Una victoria de Flávio Bolsonaro abriría la posibilidad de un mayor acercamiento político entre Brasilia y Quito, dadas las afinidades que el presidente Daniel Noboa ha mostrado con Donald Trump y Javier Milei.
Esto podría favorecer una mayor coordinación en seguridad, comercio y política exterior, además de fortalecer un eje de gobiernos de derecha en Sudamérica. En cambio, una victoria de Lula da Silva mantendría una relación bilateral entre gobiernos de distintas orientaciones políticas, que deberían encontrar espacios de cooperación más allá de sus diferencias ideológicas.
América Latina necesita mecanismos de cooperación que sobrevivan a los cambios de gobierno. La experiencia ha demostrado que las afinidades ideológicas no garantizan una integración efectiva, así como las diferencias políticas no deberían impedir los acuerdos.
Por eso, lo que ocurra este domingo en las urnas brasileñas será mucho más que una disputa entre Lula y Bolsonaro. Puede cambiar el equilibrio político de América Latina, pero el verdadero desafío será determinar si ese cambio contribuye a una región más integrada, democrática y capaz de enfrentar sus problemas comunes.
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