El automovilismo ecuatoriano necesita memoria

El automovilismo ecuatoriano vivió uno de sus peores momentos en la Vuelta Automovilística a la República, con un fatal siniestro.

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La edición 46 de la Vuelta Automovilística al Ecuador terminó antes de llegar a la meta. No por una falla mecánica, ni por un calendario incumplido, sino por la más dolorosa de las razones: la muerte. Dos vidas se apagaron en Ambato el pasado 30 de julio, cuando un vehículo se salió de control en una curva y embistió a un grupo de espectadores. Entre las víctimas están Daniela M., de 21 años, y Santiago O., de 52. Su hijo, un adolescente de 13 años, perdió una pierna. Otras 18 personas resultaron heridas.

El siniestro no fue una fatalidad impredecible. Fue la consecuencia de una cadena de errores humanos que, pese a la experiencia de décadas, demuestran que el automovilismo ecuatoriano aún tiene una deuda grave con la seguridad. Las carreras de rally no son competencias en autódromos cerrados; se corren en carreteras abiertas donde el riesgo forma parte del escenario. Pero cuando el peligro se vuelve negligencia, el espectáculo se convierte en tragedia.

“Más preocupante aún es el silencio de la justicia. Porque una cosa es que se mencione que la responsabilidad civil se puede solventar con el posible pago de pólizas de la FEDAK y otro es el tema de investigar la muerte de civiles”.

La organización de la Vuelta al Ecuador tiene tres autos abridores para verificar que los espectadores se ubiquen en zonas seguras. No lo lograron. En videos se evidencia que muchas personas estaban al filo de la carretera, en sillas o de pie, incluso en la línea de salida de la curva donde ocurrió el siniestro. Pese a ello, la competencia no se detuvo, tampoco se marcaron los lugares de peligro. ¿No fue acaso responsabilidad de los comisarios ordenar la suspensión inmediata al detectar ese riesgo? ¿En qué momento se normalizó correr entre gente expuesta con temeridad?

La falta de cultura sobre cómo vivir un rally con seguridad también jugó un papel trágico. El público ignoró los límites del peligro. Pero en lugar de responsabilizar a los espectadores por completo, se debe reconocer que la pedagogía, la prevención y la autoridad para exigir que se despejen áreas comprometidas durante la competencia son tareas que competen, antes que a nadie, a los organizadores.

La respuesta institucional no ha sido la esperada. Marcelo Ron, presidente de la Federación Ecuatoriana de Automovilismo y Kartismo (FEDAK), confirmó que se activará una póliza de responsabilidad civil para las víctimas. También mencionó posibles gestiones con la empresa privada para ayudar al niño amputado. Sin embargo, no se han anunciado sanciones deportivas a comisarios ni se ha abierto una investigación pública sobre las causas técnicas del despiste. Tampoco se han transparentado los mecanismos de indemnización ni se ha asumido una autocrítica estructural.

Más preocupante aún es el silencio de la justicia. Porque una cosa es que se mencione que la responsabilidad civil se puede solventar con el posible pago de pólizas de la FEDAK y otro es el tema de investigar la muerte de civiles. Hasta ahora no hay información oficial sobre una investigación de la Fiscalía, pese a que el hecho provocó muertes, lesiones graves y dejó preguntas sin respuesta. ¿Se trató de un error del piloto? ¿Hubo fallas en la señalización o en las condiciones del terreno? ¿Qué protocolos fallaron y quién debía detener la carrera?

La cancelación definitiva de la Vuelta, tras el retiro del líder Martín Navas y el pronunciamiento de la FEDAK, fue un acto necesario, pero tardío. El automovilismo ecuatoriano necesita memoria, reformas profundas y un compromiso real con la vida.

Porque no hay podio que valga más que un ser humano. Porque no hay cronómetro que mida el dolor de las familias destruidas. Porque detenerse a tiempo para evaluar los riesgos es el único acto verdaderamente honorable en medio de la velocidad.