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Tres nacionalidades de la Amazonía acaban de cruzar una meta que tardó siete años en construirse: un modelo educativo propio, con reconocimiento oficial, que enseña matemáticas y lectura junto a los saberes que solo transmiten los abuelos y sabios a los niños de las provincias de Sucumbíos, Pastaza, Napo y Orellana.
Las naciones Waorani, Siekopaai y A’i Cofán, que se asientan en esas provincias, diseñaron sus tejidos curriculares con esa lógica de dos mundos, sin renunciar al sistema nacional de educación ni a su identidad. Ellos emprendieron este modelo, pero no pueden quedarse solos. El apoyo del Estado es fundamental no solo para su modelo educativo, sino también para atender las necesidades de los niños.
Tres naciones de la Amazonía decidieron que sus niños se eduquen en dos mundos: entres sus saberes y el sistema nacional público. El apoyo del Estado es vital.
Este proyecto educativo no sirve de mucho si el niño estudia sin agua potable ni letrinas, como sucede con los escolares de las tres naciones de la Amazonía, según describen los líderes de estas comunidades. Hay escuelas sin infraestructura básica, aulas que ningún gobierno pinta o repara desde hace años, maestros que enseñan con lo poco que consiguen por su cuenta.
En un esfuerzo comunitario se construyeron documentos técnicos, se capacitó a los docentes y se sistematizó el conocimiento de generaciones enteras de sabios de las tres naciones. Ese trabajo merece una contraparte del Estado, no solo un sello de aprobación en un papel.
La educación intercultural bilingüe existe en el país desde hace décadas, pero su implementación real en territorios como Pastaza, Sucumbíos u Orellana sigue pendiente.
El registro de estos tejidos curriculares ante la Secretaría de Educación Intercultural Bilingüe y Etnoeducación abre una puerta legal importante. Falta lo más difícil: que ese reconocimiento venga acompañado de presupuesto, de mantenimiento de escuelas, de servicios sanitarios dignos y de más plazas para docentes de las propias nacionalidades, ya que son insuficientes frente a la demanda.
Ese apoyo es vital para las tres naciones amazónicas. Un niño waorani que aprende a tallar una bodoquera con su abuelo también necesita un baño limpio en su escuela. Una niña siekopaai que domina el painkoka, su idioma, merece un aula sin goteras.
Las comunidades de la Amazonía asumieron y cumplieron con su responsabilidad: construyeron su propio mdelo educativo desde cero, con métodos participativos, diagnósticos rigurosos y una visión clara de futuro.
Ahora corresponde al Estado sostener con obra y recursos lo que la Amazonía decidió impulsar: la educación de sus niños, con identidad propia y condiciones dignas.
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