10 años de dolor, división y medias verdades

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Jueves 01 de octubre 2020

Ayer fue 30 de septiembre. Una década antes, una insurrección policial que no debió darse terminó en un episodio sangriento y un acto político.

Cuando los desacuerdos entre una parte de ecuatorianos uniformados y el Poder Ejecutivo afloraron, los reclamos subieron de nivel y todo desembocó en la toma de un cuartel.

Los reclamos salariales de una institución uniformada no pueden ni deben canalizarse por una acción de fuerza. Un pilar de la seguridad pública debe dar ejemplo, guiar a la sociedad y apoyar al ciudadano, y esa acción lastimó a la Policía y al país.

Claro que el 30-S no ha sido la única insurrección policial en el Ecuador, y desde luego estuvo muy lejos de ser un intento de golpe de Estado como pretendieron pintarlo. Una manipulación política de alto nivel, una operación sicológica y la propaganda tergiversaron los hechos.

La maquinaria de propaganda incluso inventó un personaje ficticio y se montó un pseudo documental para dramatizar el episodio.

Si quien ejercía entonces la primera magistratura seguía lo que aconsejaban la prudencia y sus más cercanos colaboradores, no se hubiese producido el suceso que terminó en una inaceptable retención y los hechos sangrientos que dejaron muertos, heridos y una grieta entre soldados y policías. Y a la sociedad dividida.

Algún día la historia debe poner las cosas en su sitio, y la justicia actuar sin temor ni favor. Las 188 condenas que acarreó el caso y los uniformados dados de baja -algunos sin arte ni parte en el suceso- son el testimonio desgarrador de lo dicho.

Los contactos telefónicos del presidente, que siempre mantuvo comunicaciones con su gabinete y el alto mando y dio órdenes, son señal de que nunca estuvo incomunicado.

Tal vez, en efecto, su vida corrió peligro, sobre todo después de que él mismo se abrió la camisa y pidió que le dispararan, pero el relato del episodio fue empleado para victimizarse, algo que parecen dominar varios de sus cercanos adláteres.

10 años después, todo debe verse en su real dimensión, sin pasión ni más daños al país y a sus instituciones.