El dulce misterio de una canción que hicimos nuestra

Nuestro juramento nació lejos del Ecuador y no es un pasillo. Sin embargo, pocas canciones han logrado entrar tan profundamente en nuestra memoria colectiva.

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Blog Ruido Colectivo

A miles de kilómetros de Ecuador hay cosas que siguen teniendo un poder extraño. Una bandera que aparece de pronto, el olor de una comida conocida o las primeras notas de una canción pueden devolvernos, por unos minutos, a casa.

Con Nuestro juramento sucede algo especial.

La hemos cantado hasta más no poder. En reuniones familiares, serenatas, fiestas, despedidas y encuentros de ecuatorianos fuera del país. Hay canciones que uno escucha y otras que terminan pareciéndose a una bandera.

Y aquí empieza el dulce misterio.

Nuestro juramento, una de las canciones que más asociamos con Ecuador, con Julio Jaramillo y con ese sentimiento profundo de pertenencia, no es un pasillo. Es un bolero. Tampoco fue escrita por un ecuatoriano, sino por el puertorriqueño Benito de Jesús.

Entonces, ¿por qué la sentimos tan nuestra?

Cuando una canción encuentra otra patria

Cada 1 de octubre celebramos el Día del Pasillo Ecuatoriano y recordamos también el nacimiento de Julio Jaramillo. Es una fecha que inevitablemente nos lleva a hablar de identidad, de música nacional y de esa necesidad tan nuestra de ponerle nombre a todo: pasillo, bolero, vals, rocola, chicha.

Nos gusta buscar el origen de las cosas, descubrir dónde empezó un ritmo o quién lo tocó primero. Pero la música casi nunca viaja con pasaporte.

Cruza fronteras, cambia de manos, encuentra nuevas voces y termina echando raíces donde menos se esperaba.

Hay canciones que uno escucha y otras que terminan pareciéndose a una bandera.

Eso ocurrió con Nuestro juramento. La composición nació en Puerto Rico, pero encontró en Julio Jaramillo una voz capaz de convertirla en otra cosa. Y encontró también en el requinto de Rosalino Quintero una sonoridad que muchos terminamos asociando con nuestra propia manera de sentir.

Después vino lo más importante: la gente.

Generaciones enteras la hicieron suya.

Aprender a escuchar lo nuestro

Yo nací en los años 80 y no crecí tan cerca de la música nacional ecuatoriana como hoy me habría gustado.

Pero nunca es tarde para regresar.

Ahora, cuando intento cantar un pasillo o tomar la guitarra para acercarme a uno, entiendo rápidamente que no basta con aprenderse los acordes. Hay silencios, maneras de frasear, entradas y pequeños detalles que cambian completamente una interpretación.

Y el requinto merece capítulo aparte.

Hay momentos en los que esas cuerdas parecen conversar con la voz, responderle o terminar una frase que el cantante dejó suspendida. Ahí he empezado a comprender mejor una música que durante años estuvo cerca de mí, pero que quizá no escuché con suficiente atención.

También pienso en nombres que deberían seguir circulando entre las nuevas generaciones: Olimpo Cárdenas, Carlota Jaramillo, Benítez y Valencia, los Hermanos Miño Naranjo y tantos otros.

No para convertirlos en una tarea escolar.

Para escucharlos.

Para descubrirlos.

Para saber de dónde vienen algunos sonidos que todavía nos acompañan.

Y regreso a Nuestro juramento.

Una canción escrita en Puerto Rico encontró la voz de Julio Jaramillo, el requinto de Rosalino Quintero y después miles de voces ecuatorianas que decidieron seguir cantándola.

La patria no siempre se explica por el lugar donde nacen las cosas.

A veces también se reconoce en aquello que decidimos querer, guardar y cantar como nuestro.