
Los seres humanos inventaron los dioses -desde el comienzo de los tiempos- para explicar los fenómenos de la naturaleza, y también de aquellos profundos e indescifrables -los interiores- ubicados en el inframundo.
No hay cultura que no haya creado dioses -algunos imaginarios; otros revelados- que justificaron el ser y el modo de ser de los pueblos. La historia de la mitología está poblada de deidades, que nutrieron de sabiduría a la condición humana, ora asociadas al poder, ora a la razón y a veces a la sinrazón. Pero siempre atadas a creencias, que dieron piso y techo para no sucumbir ante las debilidades o a los instintos reprimidos.
Hubo dioses de animales, barro, metal, fetiches, esculturas y monumentos; monoteístas, politeístas, animistas, de la naturaleza, de la guerra, del amor y del inframundo. También se hablaba del dios dinero, bajo diversas expresiones: si era negro se parecía al petróleo; si era amarillo al oro; si era duro a un diamante. Pero en todos los casos, la carrera hacia esos dioses terrícolas y a veces profanos fascinó a tirios y troyanos, en todos los puntos cardinales del planeta.
Los dioses modernos y posmodernos están instalados en las plataformas tecnológicas. La información es ahora el nuevo poder, la deidad suprema, la panacea de la denominada sociedad del conocimiento, que ha enriquecido a las transnacionales digitales, y convertido a los humanos en clientes a través de algoritmos bien disimulados. Son los dioses emergentes que la gente adora.
La digitalización es la herramienta que, poco a poco, sustituye a la memoria y la saquea, sin violencia ni esfuerzo. El estímulo-respuesta, es decir, el conductismo extremo, ha llegado a su clímax con efectos devastadoras: la sequía moral, la ceguera perpetua y la desmaterialización progresiva de los objetos.
Estar conectados es la estrategia básica, identificados según las aplicaciones y, mediante un clic, descubrir todo en milésimas de segundo. Esta maravilla de la inventiva humana se refuerza con la aparición de la inteligencia artificial, que nutre (o inhabilita) nuestras neuronas con una facilidad asombrosa.
¡Al diablo el sacrificio, el esfuerzo, la investigación, las fichas nemotécnicas, y otras travesuras intelectuales del pasado como la lectura y la escritura! A una pregunta, el sistema responde en segundos. Las enciclopedias creadas para condensar los conocimientos en enormes y pesados volúmenes quedaron para la historia. ¡El conocimiento no tiene peso físico! ¡Es inmaterial, porque circula al instante en banda ancha a velocidades inimaginables!
Los optimistas están de plácemes ante esta revolución prodigiosa, porque sus herramientas ayudan gratuitamente a satisfacer intereses y no principios, calmar la sed de conocimientos producidos y regalados por terceros, y disfrutar en la sociedad del espectáculo. El optimismo llega al extremo, en ciertas personas
Los pesimistas añoran tiempos pretéritos: el canutero, la tabla de multiplicar, la regla de cálculo, el libro de trigonometría de Eduardo W. Coppetti, la máquina de escribir, la ortografía y la caligrafía, el teléfono fijo. Y pregonan en silencio -no queda más- el apocalipsis que aparece en el horizonte, por la influencia de una nueva era: la del robot que piensa, siente y actúa -mejor y más rápido- que el homo sapiens.
¡Los dioses emergentes están en la palestra! Ha llegado la nueva ola, más poderosa que las palabras habladas y escritas; supuestamente más libre y abierta, pero que esclaviza y manipula sin que nos demos cuenta; más omnipresente que todas las divinidades juntas; fascinante y incólume que crece -sin un paraguas ético porque es un producto del mercado- sobre una democracia alicaída.
Los rituales de estos dioses emergentes están diseñados para ser eternos, mientras navegan en el ciberespacio, donde no hay ángeles ni cielo, donde no hay verdades, sino nuevos algoritmos que son las nuevas células electrónicas de una sociedad vigilada que reproduce letanías digitales dirigidas por míster Data, que enriquecen a multimillonarios.
A veces pienso que la diosa razón está en declive, y la ética yace adormecida en las bolsas de valores -de Wall Street- porque las amenazas son más peligrosas que las oraciones de todas las religiones. O está surgiendo una post religión bajo supuestos de dioses matemáticos -maquinados por supercomputadoras- subordinados a la codicia post humana con una poderosa herramienta: la inteligencia artificial, la nueva diosa que vive oronda en la nube.