5 de February de 2011 00:00

Dictadura–democracia: Túnez

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Túnez es la revuelta contra la dictadura en nombre de la democracia sin plan democrático ni organización ni líderes definidos a pesar que la central sindical UGTT ha sido la que arrancó y aún promueve el proceso. Concentración de poder y riqueza, corrupción y represión hartaron a las nuevas generaciones que quieren algo así como libertad, liberalidad y empleo. Como en las revueltas quiteñas recientes, el celular y la Internet fueron los mejores medios para expresar el descontento, romper el miedo, integrar el descontento y motivar a la protesta. El individuo aislado, reducido a sí mismo, se convierte en potencialmente integrado y fuerte, la palabra se potencia con las primeras acciones, después, ya lo sabemos, todo se vuelve engranaje del festival de la participación que convoca a nuevos invitados que no pueden perderse el éxito; los heridos y muertos no atemorizan entonces sino que crean indignación y suplementarias razones para la protesta. En el Magreb, hasta en Yemen, el ejemplo tunecino ha creado la idea que derrocar dictadores es simple, es cuestión de voluntad. Algo mágico se ha producido, el temor se ha deshecho y a su vez el halo intocable del poder se ha volatilizado. Es pues lo mágico de la protesta cuando adquiere causas y el poder, por potente sea, pierde el encanto de su legitimidad adquirida. El poder tiene eso de virtuoso, funciona cuando su legitimidad encanta, pero si el cuestionamiento tiene fundamentos visibles y topa elementales valores humanos, como este de la libertad de ser otra cosa de lo que quiere el poder, pierde su encanto y se desmorona más rápido de lo previsible. Para ello las cosas maduran en la sociedad. Túnez es sin embargo muy diferente de los otros países, con la población más instruida del mundo árabe, hasta hace una generación o dos muy liberal, calzaba mal con la dictadura y con esa ola de islamismo conservador.

Derrocar una dictadura sin alternativa tiene el riesgo de ir a una nueva frustración, pero ciertos hechos sociales persistirán. Por ejemplo, en contraste con los cambios de Gobierno de hace dos o tres décadas, en Túnez no ha sido el mundo religioso el protagonista. Al contrario, los jóvenes, creyentes, piden otros referentes para la vida que el Islam.

Ante la frustrada modernización a la occidental del mundo árabe posindependencia se consolidó una conservadora religión, anti Estado laico, pero este remedio fue peor que la enfermedad. Pero no hay aún alternativa de ideas para otro tipo de desarrollo o modernidad. El mundo árabe acumula esa frustración de rechazar a Occidente sin otra alternativa que refugiarse en conservadoras visiones de un Islam nada laico ni moderno. Túnez a lo mejor, sea al menos una señal que una nueva laicización es posible en la región del integrismo de los clérigos. En Occidente, en cambio, hay cada vez más signos que el laicismo otra vez retrocede.

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