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La primera vez que probé yuca cruda fue por presión social. Estaba en una buseta rumbo a la frontera norte de Malaui — en el sureste de África, — sentada entre el conductor y una pasajera que hablaba inglés. Me estaba contando, pues, la animada y generosa señora, todo sobre la comida malauina en la región norte del país, mientras yo tomaba nota, boquiabierta. El conductor no hablaba inglés, pero ella de vez en cuando paraba su monólogo informativo para traducirle lo que se había dicho, sobre todo los comentarios y preguntas de la extranjera.
De pronto, el conductor se abrió hacia el lado del camino y paró. Con la buseta llena de pasajeros, y sin bajarse del vehículo, compró un manojo de tubérculos de un vendedor ambulante. Le dijo algo a mi nueva amiga, y ella, con una fuerte carcajada me anunció que el conductor quería que yo pruebe cassava, algo muy típico de la región.
De saber que la cassava, o yuca, como la conocemos los ecuatorianos, suele tener altos niveles tóxicos de cianuro antes de cocinarla, tal vez hubiese estado más reacia a probar el bastón blanco, recién pelado, y crudo, que tenía en frente. Lo cierto es que para ese punto ya no era solo el conductor y mi amiga quienes estaban esperando un veredicto de este importante ingrediente de su cultura, sino la buseta entera. Mastiqué lo que pude, y sonreí agradecida, comentando lo rica que estaba la yuca fresca. Una risa aliviada estalló por las ventanas abiertas: la gringuita come cassava!
Mucho antes de convertirse en un alimento vital a lo largo del continente africano, los tubérculos de yuca crecían bajo el suelo amazónico. Aquí, por centenares de generaciones, la yuca ha sido considerada parte de la propia descendencia de los kichwas amazónicos del Ecuador, según la antropóloga María Antonieta Guzmán. Las mujeres de esta cultura contribuyen a la alimentación familiar con yuca de la manera que los hombres contribuyen con la pesca
Así, en nuestro país de maravillas, el cultivo de yuca se da en abundancia sostenible en las provincias del oriente, y de una manera más comercial en las provincias de la costa. Quienes nos sentamos a la mesa en la Sierra también disfrutamos de un pancito de yuca por aquí y un muchín por allá, pero con más frecuencia se nos llena el plato con papas, pan, y arroz.
Las sociólogas Cristina Cielo y Cristina Vera Vega publicaron un artículo sobre el rol relacional de la yuca, en el que analizan tanto los cultivos amazónicos en chakras — espacios agroforestales biodiversos — como los cultivos comerciales de Manabí, impulsados por proyectos agrónomos estatales y privados. Acompañado con una funda entera de yucas fritas picantes, delicioso el artículo.
Sin embargo, se me quedó atorada una oración. Hablando de la ecología afectiva — es decir, la manera en la que nos sentimos respecto al entorno de donde procede nuestra comida — de alimentos procesados, las autoras concluyen que el proceso de industrialización hace más difícil para un consumidor el entender y conectar con el sistema alimentario del que se benefician.
Me ha costado, querido lector, sincerarme sobre esta verdad. Una cree que porque vive en el Ecuador y come yuca de vez en cuando, que la oportunidad de entender los rituales de cultivo que se entregan de madres a hijas en comunidades amazónicas no está del todo lejos.
Una cree que porque siempre para en el camino a la playa a comerse un pan de yuca recién horneado, que tiene la primera idea de los experimentos agrícolas que se impulsan a través de ofertas de préstamos bancarios en comunidades marginales costeñas.
Porque me doy yo el ‘trabajo’ de comprar yuca cortada, lavada, pelada y empaquetada al vacío en el supermercado, me siento de una forma equivocada más cercana a la realidad de las personas que cortan, lavan, pelan y empaquetan yuca el día entero.
Que porque participo en el ejercicio de la comercialización de este producto milenario, que tengo algún conocimiento sobre los análisis de mercado que resultan en su precio comercial, cuando en verdad, a veces ni siquiera tengo claro qué voy a hacer con esa pobre raíz llucha que ya va sentada una semana en la refri.
Tal vez lo más cerca que nunca estuve de entender el sistema alimentario de la yuca fue aquel día en la buseta. Alguien se levantó esa mañana a desenterrar la raíz de una planta flaca y alta. A punte de machete le cortó en trozos, le lavó la tierra, y en poco tiempo estaba ya en mis manos, habiendo solamente pasado por el rápido proceso de ser pelada ese momento por el comedido del conductor.
Todavía no es muy tarde, y si me permiten, volveremos a hablar de este tubérculo maravilloso, que alimenta tanto a los camarones ecuatorianos de exportación, como a las comunidades que viven de este comercio. De la yuca hacemos goma, papel, y hasta maquillaje. Y si, es tóxica. Unas variedades más que otras, pero pasa con cierta frecuencia, sobre todo en países africanos donde el consumo es masivo, que comunidades enteras se intoxican de cianuro por un mal proceso de este alimento.
Estos pocos datos, aquí arrejuntados, podrían ir al monte de todo lo inútil que leemos en el internet. O bien podrían servir como muestra un botón, del inmenso mundo de cada alimento que tenemos acomodado en la refri, que no sabríamos por dónde empezar a encontrar en el mundo si nos diesen dos guantes y un azadón.
