
Un juez emite una sentencia. Sin leerla, guiados por titulares, un grupo protesta. El juez recula, la anula y promete otro juicio “que escuche a los protestones”. ¿Qué queda de la seguridad jurídica? Ese acto, lejos de ser hipotético, describe un país donde la técnica y la ley ceden ante el ruido.
Quien grita se atribuye la voz de “toda la ciudadanía”. ¿Y los que no opinaron, o lo hicieron a favor, no cuentan? Cuando la calle reemplaza al debido proceso, la democracia se vuelve escenografía. La ley deja de ser general y se convierte en rehén de la presión.
Oswaldo Hurtado defendió la democracia y acertó con la sucretización cuando el país rozaba la quiebra. Pero hoy la realidad es otra: la Fiscalía desnuda nexos entre crimen organizado y política, autoridades seccionales acusadas, financiamiento ilegal. Eso no es democracia. Es su caricatura. El gobierno ideal: es razón antes que fuerza.
Por eso, consultar cada obra a la ciudadanía es inviable. Termina politizado. Un proyecto emblemático debe ir a concurso con jueces de primer nivel y respetarse el veredicto. Así nacieron la Ópera de Sídney y el Guggenheim de Bilbao. Ninguno habría pasado un plebiscito. Lo público debe ser transparente, sí. Pero las decisiones técnicas exigen mérito, no likes.
Entonces, ¿qué gobierno necesitamos? Uno firme, no popular. Que venda o concesione lo estratégico, elimine contratos colectivos para premiar méritos, baje el gasto burocrático, enfrente al IESS, focalice subsidios con datos. Que persiga al delincuente, con o sin corbata, y que la justicia deje de protegerlo. Que entienda que el político no es rey: es servidor. Ecuador tiene la política más cara del mundo.
Hace falta un nuevo contrato social. No una Constitución de 444 artículos. Tres derechos bastan: vida, libertad y propiedad. Igualdad ante una ley general, basada en costumbre y tradición. Reforma educativa que enseñe conocimientos y valores. Un Estado que garantice lo básico, cuide al vulnerable y apoye al emprendedor. Ni de pobres ni de ricos: solidarios.
El drama real es el empleo. Solo 27% de la PEA está afiliada al IESS. El resto vive en la informalidad. Sin reforma laboral por horas, sin crédito diferenciado para emprender, sin eliminar la jubilación patronal que echa a los 20 años de servicio, no hay futuro. La solución está en el campo, abandonado por décadas. Formalizar el agro descomprime las ciudades.
La “fuerza de la razón” debe mandar. La razón de la fuerza es su último recurso. Lo que se logra convenciendo dura; lo impuesto, cae. el Presidente Noboa heredó homicidios récord y 87 mil millones de deuda: 4 833 dólares por ecuatoriano. Mejoró la seguridad y la inversión. No alcanza. Sin reformas estructurales seguiremos esperando al mesías.
El dilema no es correísmo o anticorreísmo. Es ciudadanía o clase política. Mientras nos distraen con egos, la deuda sube y el empleo no llega. El gobierno ideal no será perfecto. Pero debe ser limitado, firme en la ley, libertario en economía. Que devuelva al individuo su centro: su libertad, su proyecto de vida, bajo leyes justas.
Lo demás es ruido. El país no necesita discursos sobre “lo que pudo ser”. Necesita coraje para hacer, ya, lo que debió ser.