Gonzalo Maldonado

Democracia de Césares

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Domingo 29 de enero 2012
29 de January de 2012 00:02

Durante décadas, la figura de Bolívar fue despreciada por la izquierda latinoamericana. Fue por la acuciosidad de Aníbal Ponce –marxista de pura cepa, traductor al castellano de ‘El capital’– que divulgó unos ensayos biográficos que Karl Marx había escrito para la ‘New American Cyclopaedia’, allá por 1857. Uno de aquellos ensayos versaba sobre Simón Bolívar a quien ‘El moro’–así le decían a Marx sus familiares– describe como un mentiroso, cobarde y mujeriego.

Por contraste, la derecha latinoamericana vio en Bolívar al héroe preclaro que encarnó uno de sus valores más eximios: la voluntad de hacerse con el poder y de ejercerlo a plenitud para siempre. Uno de los ideólogos más conspicuos de esa derecha ultramontana fue Laureano Vallenilla, quien a inicios del siglo pasado escribió‘Cesarismo democrático’, un libro que buscaba justificar con argumentos supuestamente científicos la necesidad de tener gobiernos autoritarios en América Latina. Vallenilla vio en Bolívar al ejemplo perfecto de ese César con rasgos democráticos que necesitaba la región.

Aquella imagen conservadora del Bolívar que propugnaba mandatos presidenciales vitalicios y amplias atribuciones del Ejecutivo para gobernar fue recogida por el populismo de izquierdas del chavismo venezolano. El Libertador se convirtió, de esta manera, en el recurso perfecto para transmitir la impresión de que la historia le daba a Hugo Chávez el derecho de asumir todos los poderes para convertirse en un César con visos democráticos, tal y como Vallenilla lo propuso en su momento.

El régimen de Correa también entendió la importancia de utilizar la figura de Bolívar. Al igual que Chávez, el presidente ecuatoriano ha querido presentarse, desde el inicio de su mandato, como el heredero histórico y el ejecutor de las ideas de Bolívar. Para acentuar la impresión de que este Gobierno está en sintonía con ideas o principios que perduran en el tiempo, la propaganda gubernamental también ha posicionado la figura de Alfaro como uno de sus socios políticos principales.

Supongo que este personaje –un masón que creía a pie juntillas en las bondades del libre comercio y en la libertad de conciencia– se escandalizaría si viera cómo se ha manipulado su legado para hacerle endosar una gestión aislacionista en el plano internacional y autoritaria en el ámbito local.

La utilización de figuras históricas con fines políticos coyunturales es una práctica añeja que, creo yo, jamás se podrá erradicar por completo. Nos corresponde, sin embargo, insistir en que se respete la verdad de los hechos pasados y que no se manipulen de forma tan grosera las ideas y principios de personajes tan importantes como Simón Bolívar y Eloy Alfaro.