La cumbia, un lenguaje sin fronteras

Crecí creyendo que el rock se escuchaba con respeto y la cumbia se bailaba sin demasiadas preguntas. Años después entendí que ese ritmo también cuenta una parte de nuestra memoria, nuestras mezclas y hasta nuestros prejuicios.

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Blog Ruido Colectivo

De niño aprendí una extraña regla musical: el rock se escuchaba con respeto; la cumbia, con los pies. Nadie la había escrito, pero funcionaba. Mientras yo soñaba con guitarras distorsionadas y discos extranjeros, a las tres de la mañana mis padres, tíos y familiares todavía bailaban en aquellas fiestas interminables. Yo, derrotado por el sueño, terminaba dormido sentado en una silla mientras alrededor seguían sonando cumbias, sanjuanitos, pasillos y conversaciones que parecían no tener hora de cierre.

Durante años fui un rockero de hueso colorado. Y lo sigo siendo. Pero la cumbia estaba en los buses, los matrimonios, las fiestas de pueblo, las reuniones familiares. Hasta la bailé, con bastante más entusiasmo que técnica. El problema era otro: la disfrutaba sin concederle el mismo prestigio que a los discos de rock que atesoraba. A ciertas músicas les dábamos categoría de arte; a otras las dejábamos encargadas de poner ambiente.

Un idioma que no necesita traducción

Con los años, y sobre todo después de migrar, algo cambió. Bastaba una percusión, una trompeta o una melodía conocida para que aparecieran Girón, Cuenca, una fiesta de madrugada y aquella silla donde me quedaba dormido. La memoria, por suerte, tiene una discoteca bastante menos prejuicioso que nosotros.

Entonces empecé a entender la fortaleza de la cumbia. No necesita sonar igual en todas partes. Al contrario: cambia, recoge instrumentos y maneras de tocar de cada lugar y aun así conserva un pulso familiar.

Quizá por eso funciona tan bien lejos de casa. En una reunión de latinoamericanos pueden coincidir colombianos, ecuatorianos, mexicanos, peruanos o argentinos con historias completamente distintas. Puede que no conozcamos las mismas canciones, pero cuando aparece cierto compás ocurre algo curioso: nadie pide explicaciones. A veces el cuerpo comprende antes que la cabeza.

También tenemos nuestra cumbia

En Ecuador esa historia merece mirarse con más atención. Polibio Mayorga es un personaje que siempre me ha intrigado. Lo llamo, medio en serio y medio en broma, nuestro David Bowie ecuatoriano: un músico capaz de experimentar con teclados, sonidos electrónicos y músicas populares cuando esas combinaciones no parecían tan evidentes.

Y está Don Medardo y sus Players, cuya música acompañó fiestas, matrimonios, barrios y generaciones completas. No hace falta haber estudiado su discografía para reconocer que forma parte de una memoria colectiva.

La cumbia cambia de acento en cada lugar, pero conserva algo que todos terminamos entendiendo.

Y ahí aparece una contradicción que todavía arrastramos. Durante décadas bailamos música popular mientras aprendíamos a mirar por encima del hombro a quienes la disfrutaban. El mismo ritmo podía ser despreciado en una fiesta de barrio con la etiqueta de “chichero” una palabra que muchas veces cargó prejuicios de clase, pero años después aparecía entre sintetizadores, luces y público alternativo, y de pronto resultaba sofisticado.

A veces el prejuicio no estaba en la música, sino en quién la bailaba.

Y eso dice más de nosotros que de la cumbia.

El compás que nos encuentra

La cumbia puede acompañar una celebración y también un desamor. Puede sonar en una fiesta familiar, en una discoteca, en una vereda de pueblo o en un escenario alternativo. Hay tristezas que, por alguna razón, se cuentan mejor mientras se bailan.

Yo sigo necesitando las guitarras distorsionadas, los amplificadores y aquellos discos de rock que me acompañaron desde adolescente. Lo que cambió fue otra cosa: ya no siento que, para defender una música, tenga que levantar una muralla frente a las demás. Hoy puedo pasar de Metallica a una cumbia y encontrar algo verdadero en las dos.

Tal vez esa sea su mayor virtud: no nos pide renunciar a lo que somos para entrar en ella. Se mezcla, se adapta y encuentra un punto común sin exigir uniformidad.

Y mientras tantas cosas se empeñan en recordarnos nuestras diferencias, la cumbia todavía consigue algo más elemental: ponernos a bailar juntos.