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Hace tiempo escuché una reflexión que se me quedó dando vueltas: si de una civilización desaparecieran sus libros y buena parte de sus registros, pero quedara una canción, todavía podríamos descubrir muchísimo de ella.
En esa canción estaría su idioma, los instrumentos que utilizaba, su manera de cantar y, dependiendo de la letra, hasta pistas de lo que comía, cómo amaba, qué celebraba, de qué se quejaba o qué estaba pasando alrededor. Tendríamos una gran puerta de entrada.
Por eso me gusta pensar que, si queremos conocer una cultura, no solo hay que leer sus libros de historia. También hay que acercarse a su música y aprender a escucharla.
Y esa relación empieza muy temprano. Nadie llega al mundo con un gusto musical definido. Antes de escoger nuestras propias canciones, ya estamos rodeados de sonidos que otros pusieron cerca de nosotros.
Vengo de una familia ecuatoriana común y crecí entre varios ríos musicales. De mis abuelos y de mi madre llegaron los pasillos, los albazos y los sanjuanitos. De mi padre vino esa música latinoamericana que hoy siento profundamente ligada a mis raíces del sur: Los Ángeles Negros, Mercedes Sosa, Sandro y tantas otras voces. Y gracias a mi hermano aparecieron después los sonidos llegados del norte: rock, glam, Metallica, Nirvana y todo ese universo que terminó acompañando buena parte de mi adolescencia.
Si queremos entender una sociedad, no basta con leer su historia: también hay que escucharla.
Con los años uno escoge, descarta, vuelve y descubre. Hoy, como músico, melómano y loco soñador, puedo pasar del rock a un pasillo y terminar disfrutando una buena cumbia latinoamericana. Y, en lugar de confundirme, esa mezcla me ha hecho cada vez más curioso.
Hay días en que me siento a explorar artistas o géneros que normalmente no pondría. A veces lo hago simplemente porque quiero entender por qué tanta gente conecta con ellos.
Me ha pasado con Bad Bunny, BTS y otros artistas que siguen estando lejos de mis preferencias. Pero intento dejar el prejuicio afuera y detenerme en lo que proponen: la producción, el bajo, los instrumentos, la letra, la manera de cantar, el concepto visual y hasta la relación que construyen con sus seguidores. No necesito terminar convertido en fan. Lo interesante para mí es comprender qué están haciendo y por qué millones de personas encuentran algo allí.
Así también un día me encontré con Bayron Caicedo y El Pila Pila. Hay un ritmo alegre, una línea de bajo marcada, teclados sencillos y una voz que parece cantar y animar la fiesta al mismo tiempo. Pero cuando uno presta atención aparecen además cosas muy nuestras: peinarse, ponerse los zapatos, lavarse la cara, “ponerse pilas”. Allí hay Ecuador. Hay lenguaje, humor, cotidianidad y una manera de relacionarnos.
Ahí está justamente lo que me interesa. La música no es solamente entretenimiento. También va guardando pedazos de nosotros.
Un pasillo, una cumbia o un sanjuanito no aparecieron en el vacío, y tampoco el punk, el reggae o el blues. Detrás hubo épocas, comunidades, migraciones, desigualdades, protestas, amores y distintas formas de ver la vida.
Una canción no reemplaza un documento histórico, pero puede contarnos algo que quizá ese documento nunca registró: cómo hablaba la gente, qué palabras utilizaba, qué le dolía o qué la hacía bailar.
Pero una canción sola no alcanza: hace falta contexto para escucharla bien.
Por eso creo que la cultura musical debería tener un lugar más importante en nuestra educación. En las aulas que conozco, ni siquiera está presente o queda como materia optativa o de relleno. No hablo de formar músicos profesionales, sino de ofrecer herramientas para entender de dónde viene lo que oímos, qué contexto lo rodea y qué puede contar sobre una sociedad.
Lo curioso es que, mientras la educación formal deja ese espacio vacío, las nuevas generaciones se mueven con mayor libertad entre géneros. Un joven puede pasar de Soundgarden a Julio Jaramillo y después bailar reguetón sin sentir que traiciona a ninguna tribu musical. Eso me parece saludable. Pero tener acceso a todo no significa comprenderlo todo.
Cultura musical tampoco significa conocer todos los discos ni mirar por encima del hombro a quien disfruta algo distinto. Es otra cosa: detenerse un momento y preguntarse qué hay detrás de lo que suena.
A veces puede haber una parte de nuestra propia historia.
