La cultura deportiva

El deporte une, compite y forma parte esencial de la cultura humana.

Los ecuatorianos volverán a las urnas el 29 de noviembre del 2026.

El deporte es la actividad física reglada que convoca a pueblos y naciones a competir por una copa, medallas y reconocimientos. Los juegos en Esparta y las Olimpiadas son referentes ineludibles, y también los juegos entre los aztecas y en el mundo inca a través de los chasquis.

La historia de los deportes, en este sentido, es la recuperación de los juegos como ejes de la cultura humana que, al principio, se atribuyeron a los dioses y como atributos para alcanzar la plenitud en tiempos de paz y en tiempos de guerra. “Si quieres paz prepárate para la guerra” pregonaban los romanos.

Johan Huizinga -filósofo e historiador neerlandés- en su tratado “El homo ludens” ha sido el autor que retrató al juego como fenómeno de la cultura. Ortega y Gasset calificó como “egregio libro” a esta publicación, que superó con creces a las concepciones del homo sapiens y del homo faber.

Huizinga colocó al juego en la cúspide del pensamiento científico-cultural. La razón principal estriba, según sus propias palabras, “porque no se trata, para mí, del lugar que al juego corresponda entre las demás manifestaciones de la cultura, sino en qué grado la cultura misma ofrece un carácter de juego”.

Tres aspectos caracterizan al juego: “El juego es una actividad que hacemos por naturaleza, libre y nadie nos obliga a hacerlo. Nos sirve para crear experiencias que, aunque sean fantasías, nos ayudan a tener conciencia sobre nuestro entorno. Y jugar nos acerca a la competencia, y ésta a la creación del deporte, por lo que el juego es, en sí, un deporte”. No puede encontrarse ninguna obra en la que se pretenda un estudio del juego, desde cualquier perspectiva, que no se vea obligada a referirse a este magistral trabajo de Huizinga; por ejemplo, Roger Caillois, Graciela Scheines y Bernard Suits.

La humanidad ha comenzado a disfrutar del fútbol -denominado el rey de los deportes por su convocatoria, repercusiones sociales, económicas, culturales y políticas-. En este mundo globalizado -dominado por las tecnologías, el mercado y las grandes inversiones- el fútbol ha dejado ser una simple distracción para convertirse en una empresa multinacional deportiva, la más grande jamás construida por los seres humanos.

La cultura deportiva ha sellado con marcas indelebles nuestra civilización. Asociada a los espectáculos, su influencia masiva, amplificada por los medios de comunicación, construye nuevas narrativas, leyendas y mitos a través de atletas que representan a naciones del orbe, en una competición que supera lo estrictamente lúdico para convertirse en símbolos.

La lucha en el campo de juego, por lo tanto, no es solamente entre jugadores que disputan con un balón para llegar al arco contrario, sino una verdadera agonística -un arte vinculado a técnicas y tácticas-, que transforman a las multitudes en actores vinculados a banderas, países y culturas que hablan un mismo lenguaje y tienen una misma meta: el gol.

Ganar, perder o empatar constituyen las opciones básicas de este magistral deporte. Pero, en cualquiera de ellas, subyacen dos variables incontestables: la triunfo y la pérdida, el laurel o la derrota, el éxtasis y el desencanto.  

¡Si el deporte -en este caso el fútbol- es un factor de confrontación y unión – ¡qué paradoja! -, con reglas de juego universales y aceptadas, por qué no pensar y actuar con otros temas y escenarios -como el desarrollo humano- para ganar todos!