
Hay momentos en los que los adultos dejamos de tener respuestas. Un temblor puede ocurrir en segundos: una lámpara se mueve, las ventanas vibran, los objetos caen y, por un instante, aquello que parecía estable deja de serlo.
Para un adulto, la primera reacción suele ser buscar seguridad: ¿dónde estamos? ¿qué debemos hacer? ¿estamos todos bien? Para un niño pequeño, la experiencia puede ser muy diferente. Quizá no comprenda por qué se mueve el piso, por qué los adultos cambiaron el tono de voz o por qué de pronto todos deben detener lo que estaban haciendo.
Y en medio de esa incertidumbre, el niño busca algo que sí reconoce: el rostro, la voz y la presencia de su adulto de confianza.
Por eso, frente a un sismo, no solo necesitamos saber cómo protegernos. También necesitamos saber cómo acompañar.
Hablar de terremotos con los niños no significa sembrar miedo. Significa prepararlos.
Cuando una familia conversa previamente sobre qué hacer, identifica lugares seguros y practica un plan, el niño tiene referencias que puede recuperar cuando llegue un momento de tensión. UNICEF recomienda conversar con los niños sobre los terremotos utilizando un lenguaje apropiado para su edad y contar con un plan familiar de emergencia.
Con los más pequeños, esta preparación no necesita convertirse en una clase extensa. Puede incorporarse mediante juegos, cuentos o pequeños simulacros. Lo importante es que conozcan algunas acciones sencillas y, sobre todo, que sepan quién estará allí para acompañarlos.
Preparar no es anticipar una tragedia. Es transformar lo desconocido en algo para lo que tenemos un plan.
Cuando la tierra se mueve, los niños pueden asustarse. Algunos llorarán, otros buscarán abrazarse a un adulto y otros pueden quedarse inmóviles sin saber qué hacer.
En ese momento, las palabras deben ser pocas y claras.
La prioridad siempre es la seguridad física y seguir las indicaciones oficiales de protección y evacuación correspondientes al lugar donde se encuentre la familia. Pero, junto con esas acciones, existe otra forma de protección que muchas veces olvidamos: la regulación que transmite el adulto.
Los niños observan nuestras expresiones, nuestros movimientos y nuestro tono de voz. No necesitan que finjamos que nada ocurre. Necesitan que, dentro de lo posible, podamos ofrecerles una referencia estable en medio de una situación inestable.
Una de las respuestas más frecuentes de los adultos es decir: “No tengas miedo” o “No pasa nada”.
La intención es tranquilizar. Sin embargo, para un niño que acaba de sentir que el suelo se mueve, esa frase puede resultar contradictoria con lo que acaba de experimentar.
Podemos decir algo diferente:
“Sí, hubo un temblor. Puede haberte asustado. Estoy contigo y estamos haciendo lo necesario para estar seguros”.
Reconocer el miedo no significa aumentarlo. Significa darle un lugar para que pueda ser comprendido.
UNICEF recomienda abrir espacios para que los niños expresen cómo se sintieron después de un terremoto, escuchar sus preocupaciones y brindarles afecto y seguridad.
Cuando el movimiento termina, los adultos podemos sentir que la emergencia terminó. Para algunos niños, sin embargo, el miedo puede continuar.
Pueden preguntar varias veces si volverá a temblar. Pueden querer dormir acompañados, mostrarse más apegados, llorar con mayor facilidad o presentar cambios en sus hábitos.
Estas reacciones no necesariamente significan que algo grave esté ocurriendo. Después de una experiencia estresante, los niños pueden procesar lo sucedido de maneras diferentes y algunas respuestas pueden aparecer incluso después del momento inicial. UNICEF recomienda observar cambios emocionales y conductuales, mantener espacios de diálogo y recuperar, en la medida de lo posible, rutinas conocidas que ayuden a recuperar una sensación de normalidad.
Por eso, después del susto también debemos escuchar.
Quizá una de las enseñanzas más importantes que podemos ofrecer a los niños sea que sentir miedo no significa estar indefenso.
Los adultos también podemos sentir miedo. La diferencia está en cómo actuamos frente a él.
Un niño no necesita un adulto que nunca se asuste. Necesita un adulto que pueda reconocer lo que siente, organizarse y buscar ayuda cuando sea necesario.
La calma tampoco significa permanecer completamente sereno en una situación de emergencia. Significa poder encontrar, aun dentro del miedo, una forma de actuar y acompañar.
Y esa capacidad también se aprende.
Enseñar seguridad también es enseñar confianza
Los terremotos no pueden predecirse ni evitarse. Pero sí podemos prepararnos para responder de una manera más segura y consciente.
Podemos enseñar a los niños dónde protegerse, practicar un plan familiar, explicarles lo ocurrido con palabras que puedan comprender y, sobre todo, demostrarles que sus emociones tienen un lugar.
Porque cuando la tierra tiembla, los niños no solo necesitan saber dónde ponerse a salvo.
Necesitan saber a quién mirar.
Necesitan escuchar una voz que puedan reconocer.
Necesitan sentir que, aunque el mundo por unos segundos haya dejado de sentirse estable, hay alguien que permanece cerca.
Tal vez por eso la preparación frente a un terremoto no debería comenzar únicamente con una mochila de emergencia o un simulacro. También debería comenzar con una conversación.
Porque cuando la tierra tiembla, la calma también