Marco Antonio Rodríguez

Cristóbal

Hace varios años visité a Cristóbal González (Quito, 1955) en su taller. El espacio pequeño y los formatos de sus cuadros grandes. Tuve la visión del artista zarandeando por las paredes y el cielo raso, subiendo y descendiendo por escaleras invisibles, templando las telas, paleta y pinceles en mano, pintando asido al vacío.

Miré y remiré cuerpos ondulantes que se envolvían en sí mismos, contorsionándose, desplazándose de un lado a otro, saliéndose de los bordes. Fiesta y fuga, los cuerpos parecían dispersarse o evadirse. Movimiento perpetuo. La obra de este artista: memoria y bitácora de un solitario.

Las criaturas de Cristóbal son concebidas en las ultimidades del ser. Dibujo caricatural, en la línea del feísmo y ejercicio orgiástico de colores, sirven para darles vida.

“Hay espacio en los salones del placer/ para un largo y digno tren,/ Pero uno por uno todos tenemos que desfilar/ por los estrechos pasillos del dolor y el olvido”, nuestro artista lo sabe, lo ha vivido y sentido. Por eso, quizás, su apasionada entrega a su oficio de artista pintor.

Las criaturas de Cristóbal son inconfundibles por sus formas, tonalidades y gestualidad. Seres frágiles, volátiles, etéreos, dan la sensación de que al acercarnos van a volar, desairarnos o a desvanecerse en el aire. Suspensión instantánea de todo ruido, levedad, gesticulación.

Cristóbal es colorista. Festeja y seduce el color. Intensidad, euforia, animación, agasajo. Fascinación y exultación.
A más de sus figuras, Cristóbal trabaja ahora abstractos y flores. El abstracto: llamaradas repentinas de un incendio que nunca cesa. Fuegos que fulminan el lienzo. Pinceladas dramáticas. Abstractos que respiran vida.

En sus flores su espíritu se ofrece diferente. Búsqueda de pureza y apaciguamiento. Radicalización de la línea caprichosa e impredecible. Simplicidad. Bella y honda elementalidad.

El arte de Cristóbal, nos lleva a imaginar otros mundos y a celebrar una tregua con nosotros mismos y con la vida.