Corolario de nuestro mundial

La selección ecuatoriana mostró su crecimiento, pero necesita una conducción sólida para alcanzar mejores resultados.

Hermano alias fito

Los entrenamientos constantes, las múltiples competencias locales, nacionales, las copas regionales y los torneos clasificatorios, que se suceden con gran frecuencia, son los escalones que llevan, cada cuatro años, a los futbolistas más destacados, a través de las selecciones de cada país, a demostrar el desarrollo alcanzado en su vida deportiva. El escenario extraordinario es la cita mundial, en la que en la gran mayoría de partidos se enfrentan equipos de tan alta jerarquía que dejan como resultado final la diferencia de uno o dos goles. Son excepcionales los marcadores con mayores desigualdades. El sendero por el que deben recorrer los seleccionados, para llegar a ser parte del campeonato mundial, es tortuoso y cuando lo consiguen, deben triunfar en cada fase, si anhelan mantenerse hasta disputar una final.

La evolución del fútbol ecuatoriano es evidente: numerosos deportistas actúan hoy en equipos de grandes ligas en todos los continentes. Desde la primera clasificación de la selección al Mundial de Corea y Japón 2002 ha transcurrido mucho tiempo y, tras una exitosa campaña en las eliminatorias al Mundial 2026, Ecuador inscribió su nombre por quinta vez en este torneo. La presencia de figuras que triunfan en el exterior, la brillante clasificación y las victorias ante rivales de jerarquía, en encuentros amistosos, despertaron gran entusiasmo y un optimismo desmedido entre periodistas, dirigentes y aficionados. En medio de la desazón y el desorden que atraviesa la nación, el fútbol ofreció una vía de desahogo y un alivio temporal frente a los problemas más angustiosos. Se fusionaron sentimientos de solidaridad y hermandad, cobijados por la bandera tricolor y estimulados por las vibrantes y altivas notas del himno patrio.

Miles de hinchas pintaron de amarillo los graderíos de gigantescos estadios y, con su fervor y entrega, despertaron la admiración del mundo. El equipo nacional se estructuró sobre una base construida por Gustavo Alfaro, entrenador argentino que, al asumir el cargo, retomó la admirable labor del primer gran organizador de la selección nacional: el montenegrino Dusan Draskovic, quien exploró las canchas de todo el país y descubrió valores deportivos extraordinarios y los reunió. Alfaro consolidó el equipo que clasificó al Mundial de Qatar, pese a que inició su gestión con una selección que venía de fracasar rotundamente en la Copa América. Antes de él, dirigieron al equipo tricolor varios entrenadores, entre ellos cuatro colombianos; tres lograron clasificarlo a campeonatos mundiales. Seríamos ingratos si no reconociéramos también importantes generaciones de futbolistas que alcanzaron la ansiada clasificación en cuatro ocasiones anteriores. La gran mayoría de seleccionados, provenientes de hogares humildes, se han superado con perseverancia, convicción y entrega.

En los equipos mundialistas abundan jugadores destacados que brillan individualmente; sin embargo, necesitan un conductor que los prepare, los guíe y diseñe estrategias capaces de conducirlos al éxito.

La presencia del entrenador Beccacece, dio pábulo a permanentes polémicas, hubo gente que lo respaldó y gente que lo criticó. La disyuntiva se hizo presente en periodistas deportivos, en exseleccionados, en la gran afición e inclusive en el interior del camerino. El entrenador argentino dejó traslucir actuaciones aparentemente comprometidas con intereses de determinados dirigentes que privilegiaban el negocio sobre el prestigio deportivo de la selección. No pudo, en el lapso de tres años de su gestión, potenciar el ataque del seleccionado que careció de goleadores. No probó con ningún prospecto, ni admitió sugerencias en ese sentido.

Fue, en el último partido, el líder temeroso que no supo inculcar en sus jugadores desconcertados, el amor propio y la fortaleza con los que debían neutralizar la política de maltrato orquestado que los atosigó. Se podía perder ese partido, como perdieron otras tantas selecciones, pero con valor y rebeldía, sin mermar el espíritu de lucha que debe caracterizar a todo competidor y más aún en situaciones adversas. Queda algo positivo: la esperanza de que muchos de los futbolistas de la selección, que han vencido limitaciones económicas y sociales, seguirán triunfando  en las grandes ligas, adquirirán más experiencia y bajo una conducción adecuada y capaz, no manipulable por una dirigencia irresponsable, volverán a hacer brillar los símbolos patrios y a unificar a un país que ha encontrado en ellos el motivo que nos hace soñar, que nos une y demuestra que no todo lo que vivimos es malo, que si trabajamos unidos podemos alcanzar desafíos que nos lleven a un norte  seguro y recompongan la sociedad perturbada  que nos rodea.