La RAE y el “lenguaje inclusivo”

Seguramente usted ha visto en redes: “la RAE prohíbe el lenguaje inclusivo”; si se alegró de ello, le tengo una mala noticia: la RAE no puede prohibir absolutamente nada, ni siquiera que alguien escriba “ola ke ase”.

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Seguramente usted ha visto en redes: “la RAE prohíbe el lenguaje inclusivo”; si se alegró de ello, le tengo una mala noticia: la RAE no puede prohibir absolutamente nada, ni siquiera que alguien escriba “ola ke ase”. Dejemos que su propio diccionario nos lo explique.

Prohibir: del lat. prohibere.

tr. Vedar o impedir el uso o la ejecución de algo.

Para prohibir (vedar, impedir) es imprescindible la capacidad de reprimir -in situ et in tempore- la ejecución del hecho o de castigarlo ex post facto; es decir, se requiere del poder de la coacción simultáneamente o con posterioridad a la acción. Solo donde se pueda imponer prisión, multa, expulsión u otra sanción, hay una prohibición real y efectiva; así que, a menos que la Academia tenga mazmorras, no puede prohibir el llamado lenguaje inclusivo.

Vendría bien, a esta altura, saber qué son la lengua y el habla y cuál es el papel de la Academia. Grosso modo, el habla es el uso social de un lenguaje verbal articulado, sus formas, sus derivaciones, sus variantes según el lugar, el tiempo y las condiciones socioculturales de las comunidades de hablantes. En este sentido, es dinámico y dialéctico. Por eso cambia con el tiempo (mire las anotaciones en español medioeval de las glosas emilianenses del siglo X y lo comprobará).

Las academias de la lengua juegan el papel simbólico de policía de la pureza idiomática: tratan de contener los cambios y, cuando no lo consiguen, al menos se empeñan en dotarles de cierta coherencia y sistematicidad. Dicho en otras palabras: el papel de la RAE, en el caso de los hispanohablantes, es intentar evitar lo inevitable y… organizarlo una vez sucede.

La lengua, se entenderá ya, es un compendio de normas sistematizadas del habla (o del idioma) en un tiempo congelado; por eso, cuando las comunidades de hablantes han impuesto de manera sostenida variaciones no contempladas, la Academia no tiene más que aceptarlas y tratar de mantener cierta elegancia, normándolas.

Así, si las comunidades de género -o cualquier otra-, logran convencer a la mayoría de hablantes de que usen de X modo el idioma oral o escrito (por ejemplo, eliminando las desinencias de género masculina y femenina -A y O- y reemplazándolas por la E neutra), esa será una futura norma de la lengua, se pare de cabeza quien se pare.

Si llegan a suceder, cambios tan radicales demoran décadas o siglos, pero lo sugestivo en este caso es que por primera vez tenemos grupos haciendo lobby y movilizando opiniones de manera amplia y sostenida.

Personalmente no me preocupa: siempre es interesante atestiguar cosas que nunca antes se dieron y sé, por otro lado, que el idioma no será el mismo en veinte, cincuenta o cien años; mientras tanto, trataré de usar las normas actuales con propiedad y rigor. Eso sí, jamás llamaré imbécil (como he visto hacerlo) a quien trate de cambiar lo establecido. La capacidad de revolucionarnos es la que, finalmente, nos hace humanos.