Rodrigo Borja

Terrorismo informático

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Domingo 05 de julio 2020

No sería un alarde de ciencia-ficción afirmar que es científica, tecnológica y políticamente factible que terroristas cibernéticos pudieran producir el colapso de un país altamente desarrollado mediante la perturbación de su infraestructura informática, que es el punto clave de su desarrollo científico, político, económico y social. De hecho, círculos científicos vinculados al “Pentágono” norteamericano —es decir, a su ministerio de Defensa— piensan en esto y ensayan diversos escenarios de posibles sabotajes electrónicos para adoptar estrategias de prevención o de reacción rápida y eficiente frente a una amenaza hasta aquí imaginaria. En julio de 1996 la Casa Blanca creó un organismo secreto denominado “Comisión Presidencial sobre Protección de Infraestructuras Esenciales”, integrado por alrededor de seis mil científicos, intelectuales y estrategos militares, con el propósito de investigar a fondo esta amenaza.

Y es que los países más avanzados son los más vulnerables porque mientras mayor es la dependencia de sus economías y de su organización social respecto de los instrumentos de la revolución digital tanto más endebles se presentan ante un eventual terrorismo informático. Esto lo han reconocido los propios expertos norteamericanos en cuestiones de seguridad y estrategia. John McConnell, que dirigió el organismo de seguridad nacional estadounidense, comentó: “somos más vulnerables que ninguna otra nación en la Tierra”. El exsubdirector de la CIA, William Studeman, dijo que “las grandes redes de información hacen de Estados Unidos el objetivo más vulnerable del mundo”. Y James Gorelick, antiguo asistente del Fiscal General, manifestó en una sesión informativa del Senado que “en algún momento vamos a encontrarnos con el equivalente cibernético de Pearl Harbor”, o sea de la base naval norteamericana en Hawai bombardeada por los japoneses el 7 de diciembre de 1941, que desató la conflagración contra las “potencias del eje” —con Alemania hitleriana a la cabeza— y dio inicio a la segunda guerra mundial.

La guerra cibernética difiere de la guerra convencional e incluso de la guerra nuclear tanto porque ha cambiado su dimensión geográfica —la “geografía” de esta guerra son las memorias y los archivos de las computadoras y por eso hoy se habla de una “geografía cibernética y sin fronteras”— como porque tiene un efecto “nivelador” de los antagonistas puesto que la ciberguerra puede activarse arteramente desde un ordenador portátil ubicado en un sótano de Nueva York, una lejana carpa beduina o una cabaña de Siberia, sin que sus autores puedan ser identificados.

Y es que la revolución electrónica de nuestros días, junto con sus maravillosas conquistas científicas, no deja de tener elementos preocupantes.