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Martes 06 de marzo 2018

¿Hablar de la forma en que fue silenciada la mujer en el arte? ¿Mencionar, por ejemplo, la envidia y el descaro con los que el gran escultor Auguste Rodin trató a su amante, Camille Claudel, escultora insigne, de la cual se cuenta que trabajaba el mármol mejor que el propio autor de “Los burgueses de Calais”? Ella pagó su lucha por crear con el encierro en un manicomio que duró los últimos treinta años de su vida, desde la anuencia de su hermano, el gran poeta católico Paul Claudel. Años después de su desgracia y de su ominosa y silenciada muerte, su presencia personal y artística adquirió dimensión simbólica: Camille Claudel representa hoy a las mujeres que pagaron con su vida el precio de haber intentado huir de una cotidianidad insustancial, para expresarse en el arte, y que cometieron, en su calidad de mujeres, y en palabras de la filósofa española María Zambrano, ‘el error destructivo e imperdonable de ser libres’.

El arte, y particularmente la pintura, la escultura, tiene tradición androcéntrica: raras son las mujeres presentes en los libros de historia del arte aunque esa historia haya sido protagonizada por infinidad de mujeres, en calidad de modelos y musas de los cuadros y esculturas más bellos de todas las épocas. Recordemos las incontables venus de piedra, marfil, hueso, de múltiples culturas; las cariátides griegas; las majas de Goya o la celebérrima Mona Lisa y las señoritas de Avignon; las finas bailarinas de Degas que atan sus ligeras zapatillas, ensayan o se preparan tras el escenario, así como las planchadoras de Toulouse Lautrec o sus bailarinas del célebre Moulin Rouge. Estos ejemplos muestran a mujeres en los mayores museos del mundo, en su esplendor o su miseria, aunque aún sean tan pocas las que firman los cuadros o las esculturas que hallamos en dichos museos.

Señalo esos detalles adversos en los que apenas se piensa, para destacar la publicación singular en el Ecuador de un primer volumen de arte plástica femenina. Se trata del libro titulado ‘Solo de mujeres’, escrito por Marco Antonio Rodríguez, académico de la lengua, que nos da en él una lección opuesta al silencio a que me referí.

Poética y estéticamente singular, este volumen describe, en lúcido tratado, el sentido del trabajo artístico de muchas mujeres, y el significado que el arte que el autor nos entrega tuvo y tiene en su vida de escritor. Se nos muestran, además, en él, reproducciones bellamente logradas de cuadros, esculturas, fotografías, instalaciones.

Este libro es hermoso; hermosas las pinturas, esculturas y formas de expresión de cada una de las artistas que en él se muestran. Son sustanciales las palabras del escritor que nos acercan a pinturas, esculturas, dibujos, temas, formas, personalidades. Es notable la simbiosis entre la obra de cada artista y la palabra que el académico nos da sobre ella.

Gracias por esta identificación estética, que es, a la par, una profunda comprensión moral.