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Domingo 19 de agosto 2018

Columnista Invitado

Benjamín Carrión (Loja 1marco d897-Quito 1979), uno de los grandes polígrafos latinoamericanos, fundó la Casa de la Cultura Ecuatoriana hace más de setenta años.

Al fondo de toda obra magna, deben rastrearse sus antecedentes sin los cuales no hubiera sido posible su realización.

En este caso, hay que ubicarlos en los decenios de los años veinte y treinta del siglo veinte en los cuales se fraguó una nueva conciencia social. Surgió la Generación del 30 que cumplió con lo suyo, en especial, en literatura y plástica; en contrapunto, surgió una corriente elitista que, a pesar de contar en su frente con valiosos representantes de nuestra cultura, se represó en un obsolescente tradicionalismo.

Se dio entonces una pugna entre estas dos formas de ver y entender la historia: la una gestada en una raíz nacional-popular; la otra, defendiendo su ideación oligárquico-aristocrática. El debate concluyó por la guerra del 41 con el Perú. Una sensación derrotista se apoderó del Ecuador después del protocolo de paz. Carrión, voz generosa y congregadora de nuestra cultura, respondió a la incitación materializando el símil del ‘sauce podado’ de Arnold Toynbee: ‘el árbol no muere por los golpes adversos, dotado de voluntad de vivir, se adapta a las nuevas condiciones que le imponen desde afuera’.

La Casa de Carrión organizó un espacio de vehemencia creadora y, acaso lo más trascendente: suscitadora. Difundiendo lo nuevo oponiéndose a la asincronía histórica que padecemos (condena al atraso); acicateando las búsquedas, no la simplista reedición de clásicos ni la obsesión por la literatura erudita; alentando las ciencias y las artes, situándose así a la vanguardia de todas las realizaciones culturales de nuestra América.

Pero a Benjamín no hay que dimensionarlo en dicotomía sino en plenitud, es decir, imbricando el valor de la obra que produjo en las invaluables diligencias que trazó en beneficio de nuestra cultura. Esas dos líneas magistrales refundidas justifican su perdurabilidad en nuestra historia. Benjamín no fue seducido por dogmatismos y en su pensamiento son verificables postulaciones liberales, pero en su esencialidad esplende la del visionario que enhebra la integración de nuestro continente como fin único.

Quienes medran de los grandes se rebelan en su contra cuando son pequeños de espíritu. Una cáfila de grises personajes que han fungido de directivos de esta emblemática institución han acudido a él a regañadientes para asirse a su memoria luego de desvariar en su contra a sotto voce o públicamente -la entrega en manos del déspota que asoló Ecuador en la década extraviada no puede ser olvidada-.

No obstante haber sido despojada de su dignidad –el acto de cesión supuso canjes por prebendas burocráticas, vasallaje y besamanos de por medio-, continúa siendo nuestra más significativa institución cultural.

Es deber de los ecuatorianos devolverle su honor ultimado en una ley populista y bastarda.