Marco Antonio Rodríguez

Velarde

Alguna vez dije que el artista es el único cazador de su propia sombra. Para que nadie lo dude anda por allí –no menciono el lugar porque es capaz de desmentirme yéndose simplemente, ¿adónde?, a perseguirse en una de sus obras– Jorge Velarde (Guayaquil, 1960). Elusivo, impaciente, escurridizo, absorto frente a un mundo que no acabará nunca de comprender, caminando sin volver la cabeza, en busca del sitio (algunas veces lo halla en su arte y en él se apacigua para recobrar el aliento) donde olvidó su propia sombra. Pero me temo que nunca lo hallará: angustia y revelación, escapismo y refugio, imitación de su yo (o de su otro yo) que se erigió en la sustancia cardinal de su arte.

¿Por qué pregona una y otra vez, fiel a su composición humana, solazándose con él y con los ‘otros’, que “solo es un artesano como un zapatero o un carpintero”, o, a lo sumo, un “pintor mediocre”? ¿Para protegerse de los pontífices de la crítica, aislarse de los demás o porque vive consciente de que en su duelo con el arte lleva las de perder, revelación íntima que estremece solo a los grandes, y él es uno de ellos? ¿O porque es un artista insatisfecho al extremo de rozar los abismos del ser? ‘Pensamiento puro/ densidad que se concentra/ simetría que se rompe/ vibración ronca de un anillo/ estallido sin fondo’.

Ardua, doliente, gozosa, siempre inacabable aventura la de su creación, Velarde no pinta más de una veintena de obras por año, y si en los lentos procesos de gestación de alguna de ellas piensa que algo, por ínfimo que sea, le insatisface, arremete en su contra, despedazándola, y sobre su desventurado soporte empieza una nueva hazaña, porque eso son sus realizaciones visuales: lance, riesgo, proeza: ‘Espacio opaco/ transparencia que vibra/ densidad que se disuelve’.

Juez, parte y desalmado ejecutor de aquello que le imponen los ángeles y demonios que lo habitan, vierte en sus series todo de sí: sus autorretratos sin finales. Efigie, modelo y reflector. Multiplicación exacta –obstinada, violentista y tierna–, clonación milimétrica de su yo ensimismado, atento, tal y como lo devuelve la fidelidad del mercurio de su esencia. Él y su compañera pueblan sus series. Tiempo y estampación de dos en uno. Uno y múltiple.

Allí está Velarde en una de sus telas cubriendo su rostro de cara al espejo: silenciándose, cegándose, ensordeciéndose. O, de pronto, enfurecido, luciendo como un insólito “Caminante”, la cabeza alborotada, mirada frenética, oculta tras un par de lentes, brazos apoyados en muletas improvisadas, piernas mutiladas, machete al cinto.

Ensañamiento con él mismo y con quienes hurgan en sus lienzos. Abismémonos en su “Judith y Holofernes”: la mujer de espaldas portando el hacha mítica con su mano izquierda, en su hoja (espejo), reflejando la cabeza decapitada del artista, chorreante de sangre, sobre el tronco de un árbol. Juego de espejos escrutador, despiadado, frenético de un portentoso artista pintor que no pudo jugar cuando niño.

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