Diego Araujo Sánchez

Sin gritos ni amenazas

Se han escrito ya múltiples comentarios acerca del discurso de Guillermo Lasso al asumir la Presidencia. Se ha destacado que, en los conceptos expuestos, se aproximó más a la tendencia de un social demócrata que a la de un político de extrema derecha. Se ha puesto de relieve su adhesión a un Estado fuerte, eficaz, pero no con los excesos de una abultada burocracia, ni con el prurito de una omnipresente intervención que obstaculice los emprendimientos privados. Sujeción a la separación de los poderes y pesos y contrapesos propios de la democracia, irrestricto respeto a la libertad de expresión, atención preferencial a los sectores más vulnerables, lucha contra la desnutrición crónica infantil, vacunación anticovid a 9 millones de personas en los primeros 100 días de Gobierno son compromisos mayores entre los demás asumidos por el flamante Presidente.

Sin embargo, no se ha comentado en su discurso la renuncia a los gritos estridentes, los ataque, insultos, descalificaciones y amenazas.

La tendencia a levantar los tonos de la voz hasta desgañitarse hunde raíces, probablemente, en la imitación de personajes totalitarios del siglo XX. El análisis del poder hipnótico de la oratoria en ese tipo de caudillos ha llegado inclusive a páginas de novelas recientes, como la del noruego Karl Ove Knausgard que, en el tomo sexto y último, “Fin”, de su obra autobiográfica incluye un extenso y sugestivo ensayo crítico sobre el abominable Hitler. Y en él se refiere al poder sugestivo y enajenante de sus discursos.

En nuestro país, la inclinación por el tono gritón se halla vinculada a las prácticas del caudillismo populista; y permanece como un frecuente estilo de pretendida comunicación entre algunos políticos y los ciudadanos.
Fue saludable escuchar, por contraste, el tono mesurado del discurso del presidente Lasso. No faltaron en sus palabras expresiones de emoción, pero en ningún momento se desbarrancaron con voces destempladas y gritos.

El ambiente de civilidad política comenzó de muy buena manera con la intervención de la presidenta de la Asamblea, la legisladora de Pachakutik Guadalupe Llori, que sintonizó con una mayoría del país anhelante de que se dejen atrás inútiles pugnas, amenazas y la irracional oposición y de que se junten esfuerzos para enfrentar la grave crisis sanitaria, económica y social. Sus palabras se hallan en el extremo opuesto de los absurdos llamados de otro dirigente indígena, Leonidas Iza que, con su movimiento de Cotopaxi, convoca exaltado para el 11 de junio a una movilización “frente a las medidas de ajuste económico con respecto a los combustibles, tasas de interés en los bancos privados, públicos y cooperativas de ahorro y crédito, alza de pasajes, privatizaciones de bienes públicos y la profundización del modelo neoliberal que continuará el nuevo Gobierno”.