Manuel Terán

Ídolos

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Miércoles 19 de septiembre 2018

Con frecuencia, cuando en el fragor de la discusión ideológica se escucha el pronunciamiento de personajes que han tenido éxito en campos como el deporte o el espectáculo, con actitudes díscolas o expresiones que siempre son una provocación para aquellos que han tenido la oportunidad de acceder a otros niveles de formación, la reacción inicial es descalificarlos y tacharlos con epítetos de toda clase de contenidos en ese marasmo que se han vuelto las redes sociales. Pero realmente es necesario hurgar un poco y plantearse el porqué de esa actitud que, en principio, nos parece inentendible.

Cuando las noticias del espectáculo nos inundan con toneladas de información que dan cuenta los recursos que se mueven en el mundo del deporte y otros similares, asumimos que quienes están inmersos en esa órbitas deberían estar llamados a ser un modelo para los jóvenes y generaciones futuras, a fin que ayuden a inculcarles disciplina y enseñar que la dedicación, la constancia y el esfuerzo son el camino para alcanzar logros notables, como los que a ellos les han conducido a sitiales estelares. Pero no siempre es así. Hay ejemplos de extraordinarios deportistas, músicos excepcionales o individuos que con una sensibilidad inmensa han realizado enormes aportes a las artes, que en su vida íntima o su comportamiento público son especialistas en crear controversias y armar escándalos, para convertirse en los antihéroes que paradójicamente encandila a las multitudes.

Pero si escudriñamos sus orígenes, el medio y las condiciones en las que se formaron, con toda clase de carencias a su alrededor, como enseñan reportajes sobre sus vidas, sobreviviendo en sitios tomados por la violencia y la criminalidad, resulta evidente que no se puede esperar de ellos conductas ejemplares. De ahí que, cuando han traspasado ese submundo plagado de miserias a otro con diferentes aversiones, pero que los deslumbra y los hace sentirse dueños del planeta por patear un balón o ejercitar una escala de canto a la que llegan pocos mortales, por señalar algunos casos, sin que corresponda juzgarlos es posible entender sus actuaciones a veces salpicadas de cinismo, pero que revelan nítidamente su rabia con su pasado.

Desde allí, en su ejercicio de revancha, emiten sus dardos que incomodan y son muestra fehaciente del olvido y abandono al que les sometió la sociedad que ahora los ensalza. No cabe molestarse con sus pronunciamientos o enfados. Más bien deben ser un llamado de atención a las circunstancias que han dado paso a esa omisión imperdonable. Aunque hay excepciones de superación académica notables.

Lo que es repudiable es la manipulación de la que son objeto con el fin de aprovecharse de su popularidad y empatía con las mayorías. Hay que llegar al convencimiento que el deporte y el espectáculo siempre será mejor con la participación de estas personas con condiciones extraordinarias para estas disciplinas lo que nos permitirá disfrutar siempre de sus hazañas que rayan con lo épico. El resto es otra materia.