
Las elecciones presidenciales de junio de 2026 han redibujado el mapa geopolítico de la región. Los ajustados triunfos de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú, marcaron el nacimiento de un nuevo bloque de derecha en América Latina. Esta transición no solo realinea a Bogotá y Lima bajo las banderas del libre mercado y las políticas de mano dura, sino que además interrumpe el ciclo progresista regional y reconstituye un sólido contrapeso ideológico frente a otras potencias del continente.
Sin embargo, el entusiasmo de los sectores empresariales se enfrenta a una compleja realidad aritmética en los congresos locales. Ni De la Espriella ni Fujimori contarán con una mayoría legislativa propia para avanzar sus agendas de desregulación. Los recortes burocráticos e incentivos fiscales a la inversión privada, pilares fundamentales del modelo económico neoliberal, fueron la fortaleza de sus propuestas.
En Perú, el recién estrenado parlamento bicameral forzará a Fuerza Popular (que apenas domina 22 senadores y 45 diputados) a depender de constantes e inestables coaliciones con otras facciones de la derecha y el centro para evitar la parálisis institucional. En Colombia, el panorama de gobernabilidad luce aún más hostil para el nuevo Ejecutivo. La izquierda agrupada en torno a Iván Cepeda y las fuerzas del petrismo retienen una robusta representación que promete bloquear en cualquier intento de desmantelamiento del gasto social o privatización de servicios esenciales. Cumplir las ambiciosas promesas de campaña sin el control del aparato legislativo obligará a ambos mandatarios a un ejercicio extremo de pragmatismo político, transacciones de cuotas de poder o, en el peor de los casos, a una peligrosa polarización por decreto.
Donde los nuevos gobiernos sí proyectan un panorama favorable es en el ámbito de las relaciones con Washington. La coincidencia ideológica en la agenda de seguridad ciudadana abre las puertas para un incremento en el apoyo financiero de los Estados Unidos. La inminente inserción de Colombia y Perú al “Escudo de las Américas” evidencia la sintonía doctrinal de los nuevos mandatarios. Analistas internacionales advierten que esta iniciativa funciona en la práctica como un esquema de gobernanza de características cuasi coloniales que somete la soberanía regional, pero cuyo verdadero fin geoestratégico es blindar el “patio trasero” norteamericano y cerrar definitivamente la influencia y penetración económica de su principal rival global, China.
Este renovado respaldo internacional se anticipa fundamental para el aprovisionamiento de recursos tácticos y como un catalizador para estabilizar la macroeconomía local. La sintonía con la Casa Blanca busca restablecer la confianza de los inversionistas extranjeros. Ante la dificultad de tramitar reformas tributarias internas debido al bloqueo en sus congresos, la obtención de líneas de crédito externas y mejores condiciones de financiamiento para la deuda pública se convierten en los principales salvavidas fiscales para ambos países.
La encrucijada de este giro a la derecha radica en la fractura social expuesta por las urnas. Ambos mandatarios heredan naciones profundamente polarizadas, donde el rechazo a sus propuestas es mayoritario en las periferias geográficas y rurales. La mitad de la población de ambos estados votó expresamente por la continuidad de los subsidios, la reforma agraria y la presencia de un Estado robusto.
La viabilidad a largo plazo del modelo neoliberal en el eje andino dependerá de su capacidad para demostrar que el crecimiento económico puede traducirse en inversiones sociales palpables. Atender las necesidades básicas de los sectores más vulnerables de la sociedad ya no es un compromiso ético, sino una condición indispensable de supervivencia política. Si las nuevas administraciones sacrifican el bienestar social y la inversión pública en salud, educación y vivienda para priorizar el equilibrio fiscal y el gasto militar, la conflictividad civil y la inestabilidad social amenazan con obstruir los cimientos de este nuevo bloque conservador.