La coherencia también es una forma de seguridad

Los niños necesitan afecto, pero también adultos capaces de sostener límites con coherencia.

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Las vacaciones y los diferentes cambios de rutina, son una pausa necesaria para las familias. Cambian los horarios, aparecen nuevos lugares, aumenta el tiempo compartido y algunas reglas se vuelven más flexibles. Y está bien que así sea.

Pero cuando termina ese paréntesis y regresa la rutina, algunas familias se encuentran con una situación inesperada: el niño que antes se quedaba tranquilo en el centro infantil, en casa con la nana, con los abuelos, solo con mamá o solo con papá, y ahora llora al separarse; quien aceptaba determinadas actividades comienza a protestar; quien parecía disfrutar la compañía de varios adultos busca insistentemente a mamá o a papá.

Entonces aparecen las preguntas:

“¿Qué pasó?”

“Antes no era así”.

“¿Se habrá acostumbrado demasiado a estar con nosotros?”

No necesariamente.

Los cambios de rutina pueden hacer más difíciles las transiciones, especialmente durante los primeros años, cuando la separación de las figuras de apego todavía puede generar respuestas emocionales intensas y es que, durante estas etapas, un niño puede incluso mostrar una marcada preferencia por uno de sus padres.

Esto no significa que quiera menos al otro.

Tampoco significa que algo se haya hecho mal.

Cuando un niño elige a mamá o a papá

Hay momentos en los que un niño parece necesitar especialmente a uno de sus padres.

Puede querer que sea papá quien lo cargue, buscar a mamá al despertarse o rechazar que el otro adulto lo consuele.

Para los padres, estas preferencias pueden resultar difíciles de comprender. Incluso pueden despertar tristeza, culpa o la sensación de haber perdido un lugar importante.

Sin embargo, una preferencia no equivale a un rechazo.

Los niños pueden establecer vínculos significativos con más de una persona y, dependiendo de la etapa que atraviesan, pueden buscar con mayor intensidad a una figura determinada. La ansiedad de separación, por ejemplo, puede acompañarse de una preferencia marcada por mamá o papá.

Por eso, frente a un niño que insiste en estar con uno de sus padres, quizá no necesitamos preguntarnos inmediatamente: “¿Qué hicimos mal?”.

Podemos preguntarnos: “¿Qué necesita de nosotros en este momento?”

Cuando la familia también está cambiando

Esta situación puede hacerse más visible cuando existen otros cambios importantes en la familia.

El embarazo de mamá, por ejemplo, puede coincidir con modificaciones en las rutinas, en su disponibilidad, en el nivel de cansancio o en la atención que recibe el niño.

No sería correcto afirmar que un embarazo provoca por sí mismo una preferencia por papá o un cambio en el apego.

Pero sí podemos reconocer que los niños pequeños perciben los cambios de su entorno, aunque todavía no puedan comprenderlos completamente.

En esas circunstancias, buscar más intensamente a uno de los padres puede ser una forma de buscar cercanía, continuidad y seguridad.

Y aquí hay algo importante para las madres: que un niño atraviese una etapa de mayor preferencia por papá no significa que el vínculo con mamá se haya debilitado.

El apego no es una competencia.

No necesitamos convencer a un niño de querer a mamá y a papá de la misma manera, ni interpretar cada preferencia como una elección definitiva.

Necesitamos ofrecerle la posibilidad de construir vínculos seguros con ambos.

El llanto no siempre significa que debamos cambiar la decisión

Aquí aparece uno de los desafíos más complejos de la crianza: distinguir entre validar una emoción y modificar automáticamente una decisión para detenerla.

Un niño puede llorar porque quiere quedarse con papá.

Puede protestar porque no quiere ir al centro infantil.

Puede enojarse porque terminó una actividad o porque un adulto le dijo que no.

Ese llanto merece una respuesta sensible.

Pero acompañar una emoción no significa necesariamente eliminar aquello que la provocó.

Podemos decir:

“Sé que quieres quedarte conmigo. Entiendo que estés triste. Estoy aquí contigo y después de la siesta voy a volver”.

La emoción puede ser válida sin que el límite desaparezca.

Por ello se recomienda despedidas breves, afectuosas y predecibles, así como mantener cierta consistencia en las rutinas de separación.

Esto no significa ignorar el llanto.

Significa enseñar, poco a poco, que una emoción intensa también puede atravesarse con la compañía de un adulto disponible.

Cuando el cansancio empieza a decidir

Es sencillo hablar de coherencia cuando observamos una situación desde afuera.

Mucho más difícil es sostenerla después de una noche de poco descanso, varios días de cambios, un niño llorando y adultos que también necesitan un respiro.

Los padres se cansan.

A veces ceden.

A veces toman una decisión distinta de la que habían pensado.

Eso no convierte a una familia en incoherente ni a unos padres en malos padres.

La crianza no exige perfección.

Exige capacidad de volver a mirar lo ocurrido y preguntarse qué necesitan sostener como familia.

La dificultad aparece cuando cada llanto termina cambiando la respuesta de los adultos y el niño recibe señales completamente diferentes dependiendo de quién esté presente o de cuánto insista.

La consistencia ayuda a que pueda anticipar qué ocurrirá. Las rutinas regulares, predecibles y consistentes pueden ofrecer precisamente ese marco de referencia.

La coherencia también es una forma de seguridad

Ser coherentes no significa que mamá y papá tengan que comportarse exactamente igual.

Cada adulto tiene su personalidad, su manera de expresar afecto y su forma de acompañar.

La coherencia significa poder ponerse de acuerdo en aquello que realmente importa.

¿Qué límites son importantes para nuestra familia?

¿Qué hacemos cuando el niño llora?

¿Cómo vamos a acompañarlo cuando no quiere separarse?

¿Qué decisiones están relacionadas con su seguridad y, por tanto, no son negociables?

Esta última pregunta es especialmente importante.

Un niño pequeño puede no querer permanecer en su asiento de seguridad durante un trayecto. Puede llorar, protestar o intentar salir.

Podemos comprender perfectamente su molestia.

Pero su seguridad no puede depender de que esté de acuerdo.

Ahí comprendemos que acompañar respetuosamente no significa conceder siempre.

Significa permanecer cerca mientras sostenemos aquello que protege al niño.

Volver a la rutina también es volver a las referencias

Las vacaciones pueden ser flexibles. La infancia también necesita espacios de espontaneidad, juego y disfrute.

El problema no está en flexibilizar algunas rutinas.

Está en perder todas las referencias al mismo tiempo.

Volver a los horarios habituales de sueño y alimentación, reencontrarse con los espacios conocidos y recuperar los rituales de separación y reencuentro puede ayudar al niño a anticipar nuevamente lo que ocurrirá.

La rutina no tiene por qué ser una estructura rígida.

Puede ser un punto de apoyo.

Un niño pequeño todavía está desarrollando su capacidad para comprender el tiempo, anticipar acontecimientos y regular emociones. Por eso, cuando los adultos ofrecen referencias estables, el mundo puede sentirse un poco más comprensible.

Y un mundo comprensible también puede sentirse más seguro.

No necesitamos padres perfectos, sino adultos que puedan sostenerse

Quizá después de unas vacaciones la conversación más importante no sea con el niño, sino entre los adultos.

No para decidir quién tuvo la culpa.

Sino para preguntarse:

¿Qué queremos mantener?

¿Qué necesitamos recuperar?

¿Qué límites son importantes para nosotros?

¿Cómo podemos apoyarnos cuando alguno esté cansado?

¿Qué podemos hacer diferente la próxima vez?

Estas conversaciones pueden transformar la crianza en una construcción compartida y no en una sucesión de respuestas improvisadas frente al llanto.

Porque los niños no necesitan adultos que nunca se equivoquen.

Necesitan adultos capaces de reparar, volver a intentarlo y ofrecerles referencias suficientemente claras.

Cada evento termina. Las rutinas regresan. Algunas etapas cambian y también cambian las preferencias de los niños.

Hoy pueden buscar más a mamá. Mañana pueden querer solamente a papá.

Eso no tiene por qué convertirse en una amenaza para el otro vínculo.

Quizá la tarea de los adultos no sea conseguir que el niño deje de llorar rápidamente, ni lograr que acepte cada límite sin protestar.

Quizá sea algo más profundo: acompañarlo mientras descubre que puede sentir tristeza, frustración o enojo y, aun así, estar seguro.

Porque la seguridad no siempre está en conceder.

A veces está en un adulto que puede abrazar, escuchar y decir con serenidad: “Entiendo que no te guste. Estoy aquí contigo. Y esto, por ahora, se mantiene”.