Marco Antonio Rodríguez

‘El chulla’ y la ‘sal quiteña’

Su origen es controvertido; algunos sostienen que nació en el siglo XVI pero apareció con luz propia en el XVIII, resultado de la crisis de los obrajes, cuando campeó la desocupación. Inactivo y menospreciado se las ingenió para lucir una ‘elegante pobreza’. Pero tal como circula en nuestra imaginación (versado fingidor de lo que carece, osado, tunante, forzado al uso de un solo traje que cuida como a él mismo o a falsear la grandilocuencia cuando logra inmiscuirse en grupos de magnates; dueño de un repertorio de ilimitadas simulaciones), el chulla quiteño es fruto del siglo XX. Como quiera que fuere, su himno, que devino en el de Quito, aparece en 1947 y sobre su procedencia bullen discordias y opacidades. Se registró a nombre de Alfredo Carpio Flores, odontólogo y profesor, mas el memorable Luis Alberto Valencia blandió pruebas de que él fue el autor de la letra del pasacalle que se ha difuminado en una ciudad que estalló en añicos quién sabe cuándo.

Lo cierto es que el chulla quiteño (del quichua ‘ch’ulla’ que significa solo, impar, único) ha servido para que Jorge Icaza escribiera su mejor novela, se compusiera el pasacalle más difundido y bailado desde que el 5 de diciembre de 1959 se inauguraran las fiestas de Quito, debatible fecha, dado que en esta se conmemora la conquista española, refundando así nuestras raíces indias y españolas, de las cuales solo pueden abdicar teóricos sectarios de toda ralea.

Algún ‘quitólogo’ sostiene que el ‘chulla quiteño’ murió con el Terrible Martínez. Alcohólatra y solitario, jugador que solo tuvo su vida para pagar una apuesta, funámbulo caído de la cuerda tensada por una sociedad gazmoña, recorría la ciudad haciendo gala de sus mofas y ardides. Vivió de las migajas de comida y licor que le ofrecían sus anfitriones. Mito y leyenda han hilvanado el itinerario de este arquetipo del ‘chulla quiteño’. Su final fue patético. Un día visitó una armería, pidió al dueño le prestara un revólver, lo cargó con la bala que llevaba en su paletó y se descerrajó un tiro. De riente corazón, bufón de tres al cuarto, embaucador de ninguna monta, se fue como una estampida de flores artificiales disparadas por un mago de feria.

Según un cronista de Indias, los quiteños somos “tristes, pesimistas, aburridos, ensimismados”. Y qué decir de los versos de Juan Bautista Aguirre, el fraile que odió Quito por amores no correspondidos, según cuenta otra leyenda. ¿Existe la ‘sal quiteña’, los chullas quiteños fueron los intelectuales de comienzos del siglo XX como sustenta un historiador o los ‘filósofos de la ciudad’, o, en efecto, hubo bohemios de histórico ingenio cuyos manuales dejaron huellas en amplios círculos sociales? La verdad es que ese Quito artista y fiestero que sí existió hasta inicios de este siglo, junto a sus personajes de chispa sutil, se desvanecieron como las pompas de jabón con que aún juegan los pilluelos de los barrios desheredados sumidos en la desventura.

Suplementos digitales