Chaïm Soutine, las entrañas del alma (I)

Artista solitario cuya obra intensa y visceral refleja su alma atormentada.

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“En tus ojos de oleaje navegan colores, luces y sombras;/ inmensos paisajes inundados de figuras y trazos/ que dialogan entre sí/ y remontan océanos de siglos y geografías y el alma desollada de tu ser” (Susana Bentzulul).

La mirada refleja desamparo, turbación, ansiedad. Luce huidiza, dando la sensación de querer volver al sitio de donde salió. Labios y orejas protuberantes. El artista posa junto a su caballete desvencijado frente a un fondo amarillo. Su ropa es la de un trashumante, de aquellos que toman un atado con algo de ropa y comestibles anudado a la punta de una vara y, apoyado en su hombro, se apresta al vagabundeo. La chaqueta azul arrugada y la corbata deshilada denotan el desaliño bohemio propio de su época. Es su autorretrato de 1918. Se llama Chaïm Soutine (Bielorrusia, 1893-Francia, 1943).

“¿Es cuanto parecemos y vemos/ tan solo un sueño dentro de otro sueño?”

Nunca habló o escribió sobre su vida o su arte, salvo dos o tres cartas banales por algún compromiso inexcusable o para evitar visitas. Como a ningún otro artista pintor cabe decir que su biografía es su obra. Léopold Zborowski dedicó décadas a una meticulosa averiguación de Soutine y confesó que le había sido imposible dar resultados definitivos sobre su vida y obra.

“Amigos –exclamó su hija cuando la interrogaron sobre una Sociedad de Amigos de Soutine–, él jamás tuvo ningún amigo”. En París, Soutine conoció a Modigliani con quien mantuvo cierta relación parecida a la amistad, pero Amedeo presagió: “Chaïm no podrá tener amigos”.

 Soutine prefirió vivir en soledad y hablar lo menos posible. Algunos hechos de su vida se conocen por personas con quienes mantuvo conversaciones fugaces, la mayoría alusivas a sus carencias. Hambriento, excéntrico, irascible, cabizbajo, visitaba los sitios donde faenaban animales o –acaso por el tiempo que siempre le faltó para pintar– por las carnicerías más cercanas.

Con ojos ávidos escogía aves, conejos, peces o piezas de res que creía le servirían para su arte. Una vez adquirió un buey (carne y color, una de las obsesiones de Soutine). Se apasionó por él y lo cargó hasta su vivienda. Pasaron los días –debió haber pintado varias versiones del buey– y un olor inaguantable se apoderó de la casa. Los vecinos reaccionaron y Soutine abandonó su albergue. Animales muertos y desollados fueron parte del género de los “bodegones”. Abundaron a partir del cinquecento (siglo XVI, Italia. Búsqueda del arte clásico y la imitación –mímesis– de la naturaleza).

Vida y obra de Soutine están veladas por su extrañamiento voluntario, muy escasas ocasiones se unió a la bohemia que signaron su larga estancia en París. Un fervoroso admirador suyo escribió en 1930: “Un año después –se refería al que pudo comprar una obra de Soutine–, mientras estaba en el Café de la Rotonde, me enteré de que Soutine estaba en París y se dirigía al café. En cuanto apareció en la puerta, se armó un alboroto, que se intensificó cuando sus supuestos amigos se dieron cuenta de que llevaba ropa nueva y limpia”.

Si el ocultamiento de Soutine veló su biografía, coadyuvó también su origen judío. Una verdadera refriega intelectual se generó entre críticos judíos y franceses respecto de su arte. La comunidad interpretativa judía seguía los comentarios de Posèq, reputado crítico judío, quien afirmaba que la obra de Soutine estaba “impregnada de la vehemencia del misticismo judío”, lo cual fue refutado por críticos franceses que expresaban que se formó como artista a la luz de los pintores reunidos en París y sus predecesores.

¿El misticismo judío o el modernismo francés?, ¿de cuál de las dos vertientes emergió el arte de Soutine? Una exigua correspondencia que mantuvo con Sèrouya, experto en las dos tendencias, citado por Prylucki y otros en La vida yiddish de Chaïm Soutine (2020), no alumbró mayormente la cuestión, más bien acrecentó las discrepancias entre unos y otros.

Naturaleza muerta con pez raya abre el libro mencionado. Festival de colores. El pez cobra vida en el lienzo. Abre sus aletas multicolores y, desde el ángulo superior de su figura, despeja sus ojos que horadan al espectador, a pesar de que son ojos muertos. El pez yace erguido sobre un lecho amarillo en cuyo centro se estremecen de vida un puñado de frutos rojos como la sangre, como la vida, como la música silente que se desprende del cuadro. En el costado izquierdo miran desde su ropaje negro dos ojos aviesos que ven a quienes quieran verlos y, en el costado derecho, un pincel húmedo descansa en un lavapinceles.

Soutine pintó las entrañas del alma. Tímido y lúcido, atormentado y desconfiado, detestaba oír necedades o vacuidades; cuando no podía rehuirlas, reía, solo, por su lado, a todo pulmón –socarrón y marrullero–, por lo que también tuvo fama de orate.