
Hace poco puse sobre la mesa un cuy asado que mis padres me enviaron desde Ecuador, acompañado de arroz, papas, quesito de Girón y el infalible ají: el mismo plato que durante mi infancia anunciaba una fiesta. Mi hijo mayor apenas lo probó. No hubo rechazo; simplemente no encontró dentro de ese sabor los recuerdos que yo sí llevaba conmigo. El paladar también cambia con el tiempo, el lugar y la experiencia. Aquella escena, más que hacerme pensar únicamente en cuánto de Ecuador estaba transmitiéndoles a mis hijos, me llevó hacia algo más amplio: la cultura no se limita a una nacionalidad, una tradición o los sabores que heredamos, pero tampoco puede desprenderse por completo de ellos. También está en nuestra forma de pensar, aprender, convivir y relacionarnos con los demás.
A mis 43 años soy padre de dos hijos, uno de catorce y otro de apenas tres, y llevamos ya algunos años radicados en Estados Unidos. Entre ellos no existe solamente una diferencia de edad, sino dos maneras distintas de relacionarse con el mundo. El mayor vive entre plataformas, conversaciones digitales y contenidos que cambian antes de que yo termine de entenderlos. El pequeño aprende jugando, repitiendo palabras, escuchando canciones y tocando cada pantalla que aparece frente a él. Criarlos me ha obligado a aceptar que no puedo ofrecerles exactamente la infancia que tuve, pero sí puedo decidir qué clase de ambiente cultural encuentran dentro de su casa.
Cada casa tiene, aunque no lo sepa, su propio ministerio de cultura: decide qué se escucha, qué se conversa y qué lugar ocupa la curiosidad.
Cuando hablamos de cultura solemos pensar en libros, música, patrimonio, museos o grandes expresiones artísticas. Todo eso forma parte de ella, pero no la contiene por completo. La cultura también habita en los hábitos, los valores, las maneras de comunicarnos, los recuerdos familiares y la forma en que interpretamos el mundo. Mucho antes de que un niño entre en una biblioteca, un teatro o un museo, ya ha comenzado a formarse culturalmente. Lo hace cuando escucha las conversaciones de los adultos, cuando descubre qué música suena en la cocina, cuando aprende si puede preguntar sin miedo y cuando observa la manera en que su familia habla de quienes piensan diferente.
Cada hogar tiene, aunque no lo nombre, su propio ministerio de cultura. Decide qué se escucha, qué historias se cuentan, cómo se recuerda a quienes ya no están, qué temas se abren en la mesa y cómo se responde ante el desacuerdo. También decide si leer es solamente una obligación escolar o una posibilidad de descubrir otros mundos; si la música sirve para llenar silencios o puede convertirse en una forma de comprender la vida; si la curiosidad es celebrada o castigada como una falta de respeto.
Con mi hijo de tres años esa formación tiene una gramática particular. No puedo explicarle el Ecuador mediante una conferencia ni pedirle que entienda una tradición porque sí. Tengo que mostrársela jugando, cantando y aprovechando incluso las herramientas digitales que forman parte de su entorno. Entre juegos ya dice “ñaño” para referirse a su hermano y suelta un “shunsho” cuando algo le parece torpe, sin saber todavía de dónde vienen esas palabras ni cuántas generaciones viajaron dentro de ellas.
Esos pequeños gestos me recuerdan que la ecuatorianidad también se transmite así: no como un examen de patriotismo, sino como una memoria afectiva que se mezcla con la vida que ellos construyen aquí. Estará en ciertas palabras, en una canción, en la comida de los abuelos o en la manera de recibir a alguien en casa. No será idéntica a la mía, y está bien que así sea.
Con el mayor la tarea es diferente. Prohibirle por completo el entorno digital no necesariamente lo protege; también puede dejarme fuera del lugar donde construye buena parte de sus relaciones y referencias. Mi responsabilidad no consiste en competir contra la tecnología, aunque confieso que me inquietan la inmediatez, la atención fragmentada y esa sucesión interminable de videos cortos que parece no dejar espacio para el silencio. Consiste en acompañarlo para que aprenda a distinguir entre información y ruido, entre popularidad y valor, entre una opinión repetida miles de veces y una idea realmente pensada.
Ellos dominan las herramientas con una naturalidad que a mí me cuesta, pero todavía necesitan perspectiva, paciencia y madurez emocional. Ahí entramos los padres. No como guardianes de una época supuestamente mejor, sino como personas capaces de ofrecer contexto y enseñar que no todo lo inmediato es importante ni todo lo lento es aburrido.
También he aprendido a distinguir entre las formas que cambian y aquello que debería permanecer. Son negociables las plataformas, los ritmos del entretenimiento, las narrativas breves y hasta los gustos musicales o gastronómicos. Lo esencial es otra cosa: saludar, leer, practicar algún deporte, mirar a los ojos cuando alguien habla, escuchar antes de responder, compartir una mesa sin que el teléfono interrumpa cada silencio y comprender que convivir exige reconocer al otro.
Eso también es cultura. No solamente la que aparece en los programas oficiales o se exhibe detrás de una vitrina, sino la que forma personas capaces de preguntar, crear, conversar y respetar. Al final, fomentar cultura dentro del hogar no significa convertir cada comida en una clase ni obligar a los hijos a repetir nuestros gustos. Significa dejar abiertas suficientes puertas para que puedan descubrir los suyos sin olvidar de dónde vienen.
