Juan Esteban Guarderas

Carta abierta al nuevo Alcalde

El éxito, los puestos, no son una garantía de honor. El hecho de conseguir un sitial, cualquiera que este sea, no produce automáticamente honor. La dignidad, la decencia, la entereza, la integridad tampoco se generan así.

Depende el cómo. Si uno se revuelca en el lodo, si uno se empuerca las manos, para llegar a conseguir algo – a pesar del enorme calibre de la conquista – podrá ser muchas cosas: oportunista, maquiavélico, e incluso se lo puede calificar de hábil. Pero nunca será íntegro ni revestido de dignidad.

Las verdaderas proezas, nuestros mayores orgullos, nunca se han logrado a partir de las bajezas que producen resultados personales. Esto es la esencia de la mezquindad. Lo mejor del ser humano está en el mantenimiento de principios; en los individuos que no aprovechan contextos torcidos para sacar migajas, en quienes deciden dejar pasar proyectos porque no cumplen sus estándares éticos.

Usted apoyó “a brazo partido” a Jorge Yunda. Usted llegó a la vicealcaldía debido a que no hubo nadie que apostó por Yunda tanto como usted. Ese señor fue catastrófico para la capital y ahora usted es el flamante alcalde.

Hay dos posibilidades, desgraciadamente ambas deshonrosas para su persona. La primera, usted creyó verdaderamente en las capacidades de Yunda (lo que a mí me sorprendería, puesto que él no tenía mayor experiencia en la gestión de la cosa pública, tampoco tiene una formación brillante; por el contrario, respecto a ese individuo hay indicios de posibles irregularidades, ¿qué vio usted de deslumbrante?). Pero digamos que es posible. Usted interpretó la capacidad de jugar ecuavolley como un posible indicador de buena gestión. Usted se equivocó. Habría que recordar que la revocatoria no fue suya, no fue su iniciativa, usted la apoyó tardíamente (lo que desmantelaría su argumento que su administración va a enmendar sus errores). Lo correcto, lo entero, lo íntegro es que asuma sus desatinos, que se disculpe. Por supuesto, lo apropiado, sería que usted hubiese renunciado. Eso hubiera dado un ejemplo de ética. Pero no fue el caso.

La alternativa, es que a usted no le importó los defectos de Yunda. Que usted apostó únicamente por el proyecto que lo llevaría al poder, independientemente de los daños que se generarían. ¡Sí, sería una alcaldía catastrófica, pero me llevará al Municipio! Habrá daños, ¡bueno, son efectos colaterales de satisfacer mi ego!

En ambos casos no hay honor. ¿Sabe? Yo sí quiero y espero un mejor país. Eso no se va a lograr jamás si se instala la idea de que es potable llegar a las altas responsabilidades al margen de cualquier ética y proyecto político verdadero. Yo si estoy feliz de que Yunda haya salido, el sistema político funcionó. Pero me entristece que su sistema moral, el suyo propio, esté roto.