
“Felices son los hombres que antes de caer/ Permiten que en sus venas se les hiele la sangre”, Wilde.
Cuenta Robert Graves en Los mitos griegos, 1985, que Poseidón –el dios del mar– violó a Medusa, la más cautivadora sacerdotisa de Atenea, en su propio templo, ofensa imperdonable. Pero la diosa, en vez de castigar a Poseidón –Graves sugiere que Atenea sintió celos–, derivó su ira hacia Medusa, privándola de su humanidad y convirtiendo su cabellera en guarida de serpientes.
Caravaggio, entre la muerte y el arte
La cabeza de Medusa, 1597. Un nido de serpientes se aloja en la cabeza de un joven cuyos ojos pugnan por salir de sus órbitas. Los ofidios simulan una cabellera siniestra, enroscándose unos, irguiéndose o reptando otros. El rostro empalidecido del muchacho contrasta con el rojo tenue de la boca abierta, pero más con los hilos de sangre –rojo que se afana por seguir viviendo– que manan de su cuello degollado.
La cara del mozalbete es la de cualquiera que abunda en las tabernas y los bajos fondos de Roma de finales del siglo XVI y comienzos del XVII. La ciudad vivía la contrarreforma. El protestantismo había adquirido poder y la Iglesia católica se dispuso a represarlo mediante reformas que consolidaban sus dogmas y principios, la autoridad del papa y la difusión de sus creencias. El jesuitismo fue su brazo ejecutor.
Esta cabezatiene el rostro de Michelangelo Merisi (Caravaggio, Italia, 1571-1610). El cuadro: 60 x 55 cm, lienzo y óleo adherido a un soporte ovalado de madera. Autorretrato de Caravaggio. La imagen rebosa miedo y rabia. Angustia y dicterio a quienes lo miran. Repulsión. Preludio de la huracanada existencia del artista.
En vida su obra recibió elogios y fue altamente cotizada, a pesar de sus feroces detractores pero, en siglos posteriores, su figura fue disminuida y estuvo al borde del olvido. Es en el siglo XX y en lo que va del XXI, tiempo en que se ha valorado su genio y publicado ensayos exhaustivos sobre su vida.
Orgulloso y obstinado, temerario, aventurero contumaz, capaz de soportar las inclemencias de la miseria y del peligro, y salir airoso, era consciente del genio abrasador que incendiaba su ser.
Soles y sombras lúgubres en combate perpetuo envolvieron la tumultuosa existencia de Caravaggio. Hijo de padre aquitecto y madre vinculada a la nobleza, creció entre luces de privilegio y presagios oscuros: una epidemia asoló Milán. tiempo después partió a Roma.
Sus ciclos pictóricos son definibles. Se inició con obras de formato pequeño que solía ofrecer en portones eclesiales o en mercados clandestinos. El submundo de las fechorías integran esta serie. Malandros, granujas, jugadores de mala muerte aparecen en esos cuadros, más algunos santos que ofrecía a la feligresía a precios reducidos. Caravaggio inauguró los bodegones, pero los suyos son expresión genuina de la naturaleza: frutos lozanos o maduros y roídos por el tiempo… Alegoría de la vida y de la muerte.
El barroco nacía de su mano. Alma y carnalidad. Pasiones extremas agitaban su ser. Según Carlos Mesa, en Caravaggio: un artista entre macarras, pintó un centenar de obras.
Un segundo ciclo está marcado por una de sus obras emblemáticas. La buenaventura: una gitana lee la mano de un joven y en ese acto –como por ensalmo, propio de la gitanería– le roba un anillo. El naturalismo está a la vista del espectador. La vida tal cual es, sin veladuras que la arropen y cambien su faz –asombros y trances–.
Caravaggio continuó dando guerra por su agresividad. Cabeza visible de una banda de pícaros y bribones, nació para deambular por los tugurios, no para departir con los nobles que le cubrían de oro por su arte. Un día, luego de un partido de pallacorda (antiguo juego italiano que consistía en golpear una pelota por encima de una cuerda), castró de un tajo a un rival pero, protegido por la realeza, logró escapar.
Caravaggio seguía pintando. A partir de 1600 su estilo accedió a lo que se llamó su “arte maduro”. En él fusionó el naturalismo con su develamiento de la luz. “Tenebrismo”, denominaron los teóricos a esta corriente visual. Luz que ciega y tiniebla que impone y espanta. Las iglesias más poderosas de Italia habían encontrado al pintor que iba a guiar y a sumir en su fe a sus fieles, por los siglos de los siglos.
¿Caravaggio fue culpable de su fatum –alguien lo es–? Una energía torva y aviesa lo conducía a buscar los extremos de la violencia en pocilgas de malandrines. ¿Fue, en efecto, cabeza de un clan de delincuentes? ¿Por qué se encubrió la causa de su muerte?
“¡Oh, qué misterio espantoso/ es este de la existencia!… / Hay no sé qué pavoroso/ En el ser de nuestro ser./ ¿Por qué vine yo a nacer?/ … de ser para padecer?… Rafael Pombo.