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Caminar forma parte de mi rutina. No como una hazaña deportiva ni como una obsesión con los pasos, sino como ese momento en el que el cuerpo se mueve y la cabeza parece acomodarse sola. Con el tiempo se volvió una especie de cable a tierra: una pausa entre responsabilidades, pendientes y todo ese ruido que uno va acumulando sin darse cuenta.
A los 43 años uno vive una etapa curiosa. Los hijos crecen, los padres envejecen, las responsabilidades se multiplican y el teléfono parece convencido de que cualquier mensaje merece respuesta inmediata. Estamos en medio, sosteniendo cosas hacia arriba y hacia abajo. Quizá por eso caminar terminó convirtiéndose en uno de esos espacios pequeños que ayudan a recuperar el centro.
Esta semana pensaba seguir como siempre.
Pero el cuerpo decidió cambiarme los planes.
Bastó un mal movimiento y apareció el dolor en la zona lumbar. Nada espectacular, ninguna caída cinematográfica. Solo ese instante incómodo en que intentas moverte otra vez y descubres que algo tan cotidiano como caminar ya no se siente igual.
Levantarse. Sentarse. Girar. Dar unos pasos.
Todo empezó a tener otra medida.
De repente había que pensar movimientos que antes ocurrían solos. Buscar una posición, cambiarla, volver a intentarlo. Algo tan sencillo como levantarse dejó de ser automático y eso bastó para cambiar el ritmo de todo el día. Uno pasa buena parte de la vida usando el cuerpo como si siempre fuera a responder. Solo cuando algo falla entendemos la cantidad de cosas que dábamos por garantizadas.
Y entonces desapareció la caminata.
Ahí descubrí algo curioso: cuando las piernas frenan, la cabeza puede acelerar.
El teléfono empezó a ocupar más espacio. Lo tomaba, lo dejaba y poco después estaba otra vez en mis manos. Aquello que normalmente iba encontrando su lugar mientras caminaba parecía quedarse conmigo, dando vueltas un poco más de la cuenta.
No era una gran crisis existencial. Era algo mucho más sencillo y, quizá por eso, más incómodo: extrañaba moverme.
No quiero convertir esta experiencia en un manual de bienestar.
Hay movimientos que parecen pequeños hasta el día en que ya no podemos hacerlos.
Yo no tengo ninguna fórmula.
Tengo una lesión, cierta impaciencia y muchas ganas de volver a caminar.
Pero estos días sí me hicieron reconocer algo que antes daba por hecho. Todos terminamos construyendo pequeños refugios para atravesar el ruido cotidiano. Algunos cocinan, otros leen, corren, pintan, tocan un instrumento o simplemente se sientan un rato en silencio.
Yo había encontrado uno caminando.
Y no había entendido cuánto lo necesitaba hasta que dejó de estar disponible.
Hoy sigo con molestias y dolor. Me toca tener paciencia, pero ya imagino el momento en que pueda volver a hacerlo. Seguramente caminaré más lento y menos distancia.
Sigo teniendo claro que aquellas caminatas no eran solo ejercicio. Eran el espacio donde el ruido bajaba un poco y podía volver a escucharme.
Quizá por eso tengo tantas ganas de regresar.
No para llegar más lejos.
Simplemente para volver a caminar.
