
Escuché ‘De un siglo anterior’, el nuevo álbum de Enrique Bunbury, y entendí algo que no tiene que ver solo con la música. Yo también vengo de un siglo anterior.
Vengo de un tiempo en que Internet sonaba a módem, espera y paciencia. De una época en la que encontrar una canción rara podía sentirse como descubrir un mapa secreto. De los años en que uno no escuchaba música en una nube, sino en discos originales, copias quemadas y grabaciones piratas.
Quienes fueron fanáticos de Bunbury en esos años sabrán de qué hablo. Una versión en vivo, mal grabada, con gritos del público y sonido irregular, podía ser un tesoro. No importaba que sonara imperfecta. A veces, precisamente por eso, sonaba más real.
En 2000, yo era un adolescente cautivado por ‘Pequeño’, el segundo disco con el que Bunbury demostraba su vida después de Héroes del Silencio no sería tarea fácil. Había algo en esas canciones que parecía escrito para caminar solo por una ciudad desconocida.
Y un día, esa ciudad casi fue Nueva York.
Participé en un sorteo publicado en la página web de Bunbury para verlo en concierto. Para un fan de 16 años, aquello no era un premio cualquiera. Era el boleto dorado de Willy Wonka, pero con botas, voz grave y canciones bohemias.
Y gané.
Dos boletos. Primera fila.
Hoy eso podría resolverse con una captura de pantalla, una ruta en Google Maps y un mensaje de WhatsApp. Pero en ese siglo anterior las cosas no eran tan simples. Yo vivía en Nueva Jersey y moverse hacia Nueva York no era solo cuestión de voluntad. No había GPS en el bolsillo ni aplicaciones que resolvieran la vida con una flecha azul.
Había mapas, llamadas, dudas y una adolescencia que todavía necesitaba que alguien dijera: vamos.
Le propuse a mi hermano mayor. Me dijo que no. Él prefería quedarse con Héroes del Silencio y no le interesaba tanto la etapa solista de Bunbury. Primer intento fallido.Luego busqué a mi primo, metalero de hueso colorado. Tampoco quiso. Segundo intento fallido.
Así llegó el gran día. Tenía los boletos, tenía la ilusión y tenía también la certeza de que no iba a ir. La historia no tuvo final feliz. No hubo primera fila, ni luces, ni esa sensación de ver de cerca a alguien que uno ha escuchado tantas veces en soledad.
Pero me quedó una promesa silenciosa: algún día lo vería.
Ese concierto perdido se convirtió, sin que yo lo supiera, en una pequeña deuda emocional. Hay cosas que uno no vive cuando debe vivirlas, pero que igual se quedan esperando, como una asignatura pendiente, a que el tiempo las reclame.
Por eso ‘De un siglo anterior’ no me sonó únicamente a disco nuevo. Me sonó a una conversación con el tiempo.
Bunbury mira hacia sonidos latinoamericanos y otras formas musicales que parecen venir de otra época. Pero no suenan añejas. Suenan a canciones que no necesitan correr detrás del algoritmo de hoy.
Ese gesto resulta interesante en un presente obsesionado con la novedad. La música actual muchas veces parece fabricada para durar lo que dura un video corto. Un coro debe funcionar en pocos segundos. Una canción debe competir con miles. La emoción, si no engancha rápido, se desliza con el dedo.
Bunbury, en cambio, parece hacer otra pregunta: ¿qué hacemos con todo lo que nos formó?
Con los años pude estar en varios conciertos de Bunbury. Ya no era el adolescente que coleccionaba grabaciones piratas ni el muchacho que no sabía cómo llegar a Nueva York. Era otro. Y quizá por eso esos conciertos tuvieron otro peso.
No fui solo a escuchar canciones. Fui a cerrar una puerta que había quedado abierta desde aquel boleto perdido.
La música tiene esa capacidad extraña: no envejece al mismo ritmo que nosotros. Una canción escuchada a los 16 años puede regresar a los 40 con otro significado. La melodía es la misma, pero quien escucha ya no.
Tal vez por eso seguimos volviendo a ciertos artistas. No para sentirnos jóvenes, sino para reconocer al joven que fuimos y preguntarle si todavía queda algo de él.
Hoy todo parece más fácil. Comprar una entrada, encontrar una ruta, llegar a un concierto, grabar un video y subirlo a redes. Pero quizá por eso algunas experiencias pesan menos. Antes, una oportunidad perdida podía quedarse años dando vueltas en la memoria.
El concierto al que no fui me enseñó algo que recién entiendo ahora: la música no solo acompaña momentos. También guarda versiones de nosotros mismos.
Aquel ecuatoriano que vivía en Nueva Jersey no llegó a la primera fila. Pero, de alguna manera, siguió caminando hasta encontrarla años después.
Tal vez eso hacemos todo el tiempo. Volvemos al pasado, no para quedarnos allí, sino para comprobar qué hicimos con nuestras canciones, nuestras ausencias y nuestras promesas.
Yo también vengo de un siglo anterior. De ese tiempo en que un disco te abrazaba desde el primer track.
Y quizá por eso a Bunbury no se lo escucha en una sola canción. Hay artistas que se entienden mejor cuando uno entra en sus discos como quien vuelve a una casa antigua: despacio, con memoria y sin apuro.
