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Bahía y San Vicente

En medio de todos los graves desaciertos que este Gobierno comete en materia económica, hay una noticia que cabe destacar y saludar: la finalización del puente que une Bahía de Caráquez con San Vicente, en la provincia de Manabí.

Por lo menos una fracción de los volúmenes descomunales de dinero que derrocha este Régimen se ha ido a la construcción de infraestructura vial. Ese, creo, va a ser el único legado perdurable que dejará la revolución ciudadana. En buena hora por eso.

El actual feriado es una ocasión propicia para que muchos ecuatorianos comiencen a utilizar este puente esperado durante más de medio siglo por los habitantes de aquella zona.

Conozco bien Bahía de Caráquez, San Vicente y sus playas aledañas (San Isidro, Canoa, Pedernales) y sé que esta obra no solo va a facilitar el turismo y el comercio, sino que va a mejorar la calidad de vida de quienes habitan allí.

Es que hasta hace poco, las personas debían cruzar la bahía en lanchas pobremente equipadas para transportar gente y tripuladas en muchos casos por pilotos que no se caracterizaban precisamente por su comportamiento prudente. En horas de marea alta, el desembarco de pasajeros se complicaba, sobre todo para las personas de edad avanzada, madres con bebés o niños que iban a la escuela.

Los dueños de automóviles también sufrían su cuota de estrés y pérdidas económicas cuando la gabarra que les movía de una orilla a otra tenía retrasos o se descomponía. Son detalles que pueden parecer nimios, pero que en verdad no lo son para quienes deben cruzar a diario aquella bahía.

La construcción de este puente de casi 2 kilómetros de largo estuvo a cargo del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, institución a la que debemos felicitar por haber hecho una obra así de compleja y sofisticada. Se requirió de mucho estudio y planificación para llevar a buen término un puente de aquellas dimensiones.

Las autoridades locales también merecen ser reconocidas porque fueron capaces de comprometer al Gobierno central para que finalice una obra que por momentos parecía casi imposible de realizar y porque fueron capaces de manejar las expectativas de la población que exigía ver la obra terminada lo antes posible.

El puente Bahía-San Vicente es una gran obra de ingeniería, pero también una muestra de que los sueños largamente soñados pueden hacerse realidad. La historia de esfuerzo inteligente y mancomunado que se hizo para construir este puente pudiera ser replicada en otros ámbitos de la vida nacional.

El hecho mismo de unir dos orillas, de hacerlo con determinación a pesar de todos los obstáculos encontrados es una muestra de que los ecuatorianos podemos hacer grandes cosas si somos capaces de ponernos de acuerdo.

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