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El otro día me ganó uno de esos cansancios en los que llegar a la cocina ya parece demasiado esfuerzo. En casa tenemos una regla casi sagrada: los viernes no se cocina. Así que tenía dos opciones: salir a comer o resolver con lo que hubiera. Abrí el gabinete y allí estaban: latas, sobres, frascos y varios productos estadounidenses que, sin desmerecerlos, todavía tienen que negociar con un paladar nacido en Girón, entre mote, arroz, ají y un buen encebollado.
Entre todo aquello apareció una lata de atún.
En esta casa somos dos los que amamos este pequeño manjar: mi hijo Carlos y yo. Allí estaba un atún que me enviaron desde Ecuador. Cuando queda una sola lata, aquello deja de ser una cena y empieza a parecer una escena del viejo oeste. Dos vaqueros frente a frente. Una lata en medio. El primero que pestañea pierde.
“Dime que eres ecuatoriano sin decirme que eres ecuatoriano”. Yo respondo: una lata de atún, arroz blanco y una cuchara raspando hasta el último pedacito.
No hace falta ser chef profesional para preparar algo tan gloriosamente ecuatoriano: atún, cebollita bien lavada, sal, limón y arroz blanco caliente. Nada más ni nada menos. Bueno, falta un ritual que muchos ecuatorianos reconocerán: antes de terminar, hay que poner un poco de arroz dentro de la lata y recoger hasta el último pedazo y la última gota de aceite. La cuchara raspando el metal tiene incluso un sonido que me lleva directamente a la niñez.
Aquí no se desperdicia nada.
Vivir como ecuatoriano en Estados Unidos hoy es muy distinto a lo que significaba la distancia para muchas familias migrantes décadas atrás. El mundo parece haberse encogido. Podemos escuchar un noticiero ecuatoriano desde el teléfono, entrar por videollamada a un cumpleaños y encontrar en una tienda latina productos que antes habrían cruzado fronteras dentro de una maleta, envueltos con el cuidado reservado para las cosas importantes.
Recuerdo que recibir algo enviado desde lejos tenía otro peso. Había que esperar. Un dulce, una conserva, unas humitas o cualquier producto especial podían convertirse en un pequeño acontecimiento familiar.
Hoy camino por supermercados estadounidenses y encuentro bananos, gelatinas, galletas colas, productos ecuatorianos y, por supuesto, atún. He probado varias marcas por curiosidad. Algunas son buenas. Otras cumplen dignamente su misión.
Pero el sabor ecuatoriano, eso sí que no.
Lo curioso es que ocurre incluso cuando encuentro la misma marca. Reconozco la etiqueta, abro la lata esperando ese sabor familiar y, sin embargo, algo cambia.
Tal vez no sea la receta, ni el arroz gringo, ni el limón o la cebolla. Quizá sea algo mucho menos preciso: el sabor de la casa, de los padres, de llegar de la escuela y encontrar una comida que entonces parecía completamente ordinaria.
O quizá sea simplemente idea mía. También puede ser.
Los sabores y los olores tienen una capacidad extraña para llevarnos a lugares. Una cucharada de atún con arroz puede traer la voz de mamá diciendo: “anda a comprar un atuncito”, la radio encendida con canciones de Los Iracundos, el ruido de los platos o una tarde cualquiera que uno jamás pensó que terminaría recordando tantos años después.
Aquella tarde, mientras Carlos y yo repartíamos la lata de atún, pensé que la globalización puede traerme la misma marca desde Ecuador, pero no puede reproducir todo lo que acompañaba ese sabor: la cocina de casa, la voz de mi madre, la mesa, la radio encendida o la sensación de llegar de la escuela.
Por eso quizá no es que el atún sepa distinto. Tal vez lo que cambió fue el lugar, el momento y también nosotros.
Y, aun así, seguimos aquí, a kilómetros de distancia, con el atún, el arroz, picando la cebolla y exprimiendo el limón. Y cuando alguien me diga: “Dime que eres ecuatoriano sin decirme que eres ecuatoriano”, probablemente me encuentre raspando con la cuchara una lata de atún hasta el final.
Porque hay comidas que alimentan y otras que, además, nos recuerdan de dónde venimos.
